domingo, 12 de diciembre de 2010

Inteligencia, Desarrollo y Aprendizaje - 1

Ante el encuentro con un “niño salvaje” o con alguien que haya tenido sus facultades sensoriales muy perjudicadas, surge una pregunta que queremos ver satisfecha: ¿Qué pensaban estas personas antes de ser integradas a la sociedad? Eso suponiendo que quien se encuentre con uno de estos niños no sea de los que incluso les nieguen la capacidad de pensamiento.

Harlan Lane, en su libro
El niño salvaje del Aveyron, transcribe la respuesta dada por un sordomudo de Chartres que, según cuenta Condillac, recuperó el oído a los 23 años:

“Llevaba una vida puramente animal, totalmente ocupado por los objetos sensibles y presentes, y con las pocas ideas que recibía mediante la vista. Ni siquiera establecía todas las comparaciones posibles entre estas ideas. No es que, naturalmente, careciera de inteligencia, sino que la inteligencia de un hombre privado de la relación con los otros está tan poco ejercitada y cultivada, que piensa solamente en la medida en que se ve obligado por los objetos exteriores. La mayoría de las ideas de los hombres proceden de su comercio recíproco”.
Según estas palabras más que de falta de pensamiento de lo que estaríamos hablando es de un menor número de necesidades sobre las que pensar. Y en este sentido Itard fue creando en su alumno cada vez un mayor número de necesidades para desarrollar su mente y que ésta estuviera más en consonancia con la de la sociedad en la que Víctor tenía que vivir.

Cuando se nos dice que estos niños actúan de manera animal ya que sólo se mueven de acuerdo a sus necesidades, habría que considerar si nosotros no actuamos también de la misma forma. Yo creo que sí, lo que ocurre es que nuestras necesidades, muy probablemente debido a la socialización, son cada vez mayores; ya hemos visto que incluso nos preguntamos cosas tan complicadas como quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos. Es decir, nuestras necesidades están más ampliadas debido a la evolución y a la transmisión que podemos hacer entre nosotros de nuestros conocimientos.

Gracias a vivir en sociedad, lo que hicieron nuestros ancestros nos ha sido comunicado y podemos ahora no sólo utilizarlo sino avanzar en nuestro desarrollo sin necesidad de dar nuevamente aquellos primeros pasos. Es un hecho que estos “niños salvajes” no han contado con el conocimiento anterior y que tienen que descubrir diariamente aspectos revelados hace mucho tiempo y legados ya por nuestros predecesores, por tanto es muy lógico suponer que por supuesto que utilizan su inteligencia, pero que no cuentan con las ventajas de los que vivimos dentro de una estructura civilizada.

El hecho de que estos niños no puedan comunicarse con nosotros como nos gustaría, no quiere decir que no cuenten con la capacidad de pensar, ni mucho menos que su pensamiento no sea inteligente. ¿Es posible que seres abandonados puedan subsistir en lugares tan inhóspitos para el ser humano si no hubieran utilizado –y bien su inteligencia? Yo creo que no. Por supuesto que la tienen, pero una inteligencia aplicada a la vida que debían llevar y no a la que desarrollamos quienes convivimos en una sociedad como la nuestra.

No niego que puedan existir niños que efectivamente sufrieran algún tipo de deficiencia congénita, pero lo que quiero dejar claro es que, a lo mejor, un caso así podría ser la excepción en vez de la norma; no podemos hacer generalizaciones cuando desconocemos las anteriores circunstancias de estos niños.

Si una persona que ha vivido en condiciones tan difíciles es capaz, al poco de introducirse en su nuevo entorno, no sólo de integrarse plenamente en esa nueva estructura sino de expresarse además como el mejor de nuestros universitarios, no debe quedarnos ninguna duda de que estamos hablando de un ser excepcional. Pero no nos engañemos, tanto entre los niños salvajes como entre los civilizados esa especie es la que menos abunda. La sociedad común y la científica deseaba contar con la existencia de seres superdotados como Helen Keller o como el sordomudo Massieu (contemporáneo de Víctor del Aveyron) que podían contestar a las preguntas más complicadas que les hiciera el auditorio más selecto. Puesto que ni Víctor ni Genie, por poner dos ejemplos, alcanzaron esas altas cotas del saber erudito de nuestra cultura, son muchos los que concluyen que no sólo no eran normales y que como tales necesitaban un gran periodo de adaptación después de tan duras circunstancias, sino que eran deficientes mentales desde el mismísimo momento de su nacimiento. Pero, ¿podemos asegurarlo?

Ya hemos visto que no podemos saber con absoluta certeza si esa deficiencia existía o no antes de que fueran abandonados, pero lo que no puede extrañarnos de ninguna forma es que sufran un retraso con respecto al resto de los individuos criados y educados dentro de una sociedad como la nuestra. Estos niños no han podido desarrollar de manera adecuada y a su debido tiempo las habilidades que a nosotros nos parecen tan normales y que a ellos tienen que resultarles muy ajenas. Serían en todo caso retrasados para nuestra concepción del mundo pero no para la suya.

Por lo que respecta a Genie, Susan Curtiss no comparte la opinión de una deficiencia mental innata, y para justificar su postura aporta los datos obtenidos de diferentes exámenes que se le hicieron para valorar su capacidad mental y que se repitieron varias veces. En estos análisis se vio que esta capacidad aumentaba en la niña año tras año, algo que “no sucede en una persona, niño o adulto, mentalmente retardado”(The Secret of the Wild Child, NOVA, un documental producido por WGBH, Boston, 4 de marzo de 1997.)

Cuando Bonnaterre nos habla de Víctor en su Notice historique sur le sauvage de l’Aveyron, afirma que el niño “no está totalmente desprovisto de inteligencia, de reflexión ni de razonamiento”. Sin embargo, una vez apuntado esto, señala lo siguiente: “en todos los casos en los que no se trata de satisfacer sus necesidades naturales ni su apetito, sólo se ven en él funciones puramente animales: si tiene sensaciones, no logran producir ninguna idea; tampoco posee la facultad de compararlas entre ellas: podríamos decir que no tiene ninguna correspondencia entre su alma y su cuerpo y que no reflexiona sobre nada: por tanto, no tiene discernimiento ni espíritu ni memoria”. (Lane, Harlan: El niño salvaje del Aveyron, Alianza Editorial, Madrid, 1984.)

Y yo me pregunto: ¿cómo puede asegurar Bonnaterre que en el caso de tener sensaciones, éstas no produzcan en el niño ninguna idea?; ¿acaso pudo preguntarle al chaval qué ideas albergaba su mente? Me parece que ésta es una apreciación demasiado aventurada. Incluso se atreve a decir Bonnaterre que no hay correspondencia entre su alma y su cuerpo y que no reflexiona sobre nada; y de esto concluye que no tiene discernimiento y que por supuesto no tiene memoria. Evidentemente no podía discernir sobre aspectos culturales típicos de nuestra civilización; sin embargo, pudo aplicar muy bien su discernimiento para sobrevivir; o es que ¿vamos a dejarlo todo en manos de los instintos? Unos instintos que, al menos por lo que sabemos en el caso de Víctor, no parece que fueran suficientes a la hora de descubrirle los misterios del sexo, algo que creó gran perplejidad en Itard.

Sin embargo, y a pesar de lo dicho anteriormente, Bonnaterre afirma que Víctor había dado “numerosos ejemplos de ingeniosidad y habilidad”. Y eso antes de que fuera socializado.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Quiénes somos los seres humanos - 4


Otro aspecto muy importante a la hora de estudiar a los seres humanos es el de la posesión o no de virtudes innatas; es decir, el aspecto ético del comportamiento.

En este sentido, el obispo Pakenhan-Walsh decía sobre Kamala y Amala que “no había malicia, ni algún miedo, ni hasta donde puedo asegurarlo había signo alguno de orgullo o de celos” (T. M.
Luhrmann, The world of feral children, The Times Literary Supplement 29 January 2002). Y de ahí se concluíaque no existía en ellas una conciencia de pecado, si por pecado se entiende una trasgresión hacia algo que desencadena un mal.

Sin embargo, para realizar esta trasgresión de manera consciente
tiene que existir una conciencia clara de lo que está bien y de lo que está mal, y eso es algo que resulta muy difícil de dilucidar, pues algo que puede ser beneficioso para uno puede convertirse en algo malo para otro. Por tanto, parece que esta conciencia del bien y del mal en sí misma es de difícil descubrimiento si no relacionamos los actos con las consecuencias de los mismos.

Es lógico suponer entonces que en los niños salvajes tendrá que darse un aprendizaje para que su sentido ético y el nuestro coincidan.

Virey considera que Víctor “no es malo ni bueno porque ignora ambas cosas” (Harlan
Lane, El niño salvaje del Aveyron, Alianza Editorial, Madrid, 1984). Sin embargo, continúa diciendo: “No hace nunca ninguna travesura ni mala pasada, como los niños de su edad; su guardián no le ha visto nunca hacer nada parecido”. Es decir, empieza por negar la bondad o maldad de sus actos porque Víctor no teoriza sobre ellos, simplemente actúa; pero Virey parece no tener en cuenta que al actuar Víctor de esta manera con toda probabilidad está siguiendo una conducta ética; Víctor no tenía necesidad de obrar el mal.

Por los comportamientos que pudieron observarse en estos niños se pudo establecer que sentían malestar cuando no obraban adecuadamente y, a medida que iban aprendiendo los usos de la sociedad en la que tenían que vivir, empezaron a reaccionar con respuestas que sus observadores sí podían comprender; eso no quiere decir necesariamente que antes no manifestaran pesar o alegría como resultado de sus actos, sino que sencillamente no lo expresaban de la misma manera que los demás o que no sabían que sus actos pudieran no ajustarse al orden establecido por la nueva sociedad que los acogía.

Si Virey nos decía que no veía malicia en Víctor pues no ejercía ese tipo de crueldades que gustan tanto de hacer casi todos los niños, sin embargo sí le achaca un defecto: el hurto. Dice Virey “muestra una clara inclinación al robo y es muy hábil en el hurto; si come en una mesa pronto le quita a sus vecinos, con gran habilidad y rapidez, todo lo que desea aunque ya lo tenga” (
Harlan Lane, El niño salvaje del Aveyron, Alianza Editorial, Madrid, 1984).

Virey no parece tener en cuenta un mecanismo inherente a todo ser vivo: el instinto de supervivencia. Los “robos” que lleva a cabo Víctor no obedecen más que a la satisfacción de ese instinto, mucho más acendrado en quien no conoce qué encontrará al día siguiente para comer.

En todo caso, más que de una falta de virtud en Víctor, sería preferible hablar de falta de habilidades sociales, pero ¿no hacemos todos lo mismo aunque se nos note menos? Tanto Genie como Víctor manifestaban una tendencia a almacenar cosas, en Genie resulta curioso su afán por los productos líquidos. Éste es un dato que nos demuestra además un sentido previsor por parte de estos niños, lo que lleva a hacernos pensar que también poseen un sentido del tiempo aunque éste sea contabilizado de manera diferente.

Itard también quiso averiguar si Víctor poseía o no la idea de justicia, y para ello decidió castigar injustamente a su alumno una vez había acabado una de sus tareas con éxito. A diferencia de otras veces en que el niño aceptó el castigo cuando éste obedecía a errores cometidos por él, en esta ocasión nos cuenta Itard que se resistió con todas sus fuerzas. Con ello no sólo comprobamos que sí tenía un sentido de la justicia sino que además tenía la inteligencia suficiente que le permitía dilucidar cuándo hacía bien una tarea y cuándo cometía errores; una inteligencia que muchos le han negado a pesar de todo.

En nuestros tiempos actuales parece que esta controversia sobre la humanidad o no de los niños salvajes ya ha sido superada, no sin esfuerzo. Pero ahora se inicia una nueva tendencia, la de considerar a estos seres retrasados de nacimiento o retrasados por su falta de socialización. Esto es lo que abordaremos más adelante.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Quiénes somos los seres humanos - 3


Juan Luis Arsuaga e Ignacio Martínez en su libro La especie elegida, nos dicen que existen “genes en la base de nuestra conducta”; e incluso llegan a afirmar estos integrantes del Proyecto Atapuerca que “hoy no quedan dudas acerca de cierto determinismo genético de comportamiento”.

Pero, además de este determinismo genético, nos hablan de lo que podría considerarse una programación adaptativa que permite el aprendizaje. “Los humanos –escriben Arsuaga y Martínez- formamos una especie muy inteligente de primates sociales, y tenemos una gran flexibilidad en nuestra conducta, que nos permite dar repuestas diferentes, basadas en la propia experiencia o el aprendizaje, a las distintas situaciones que se presentan en nuestro medio. En la vida surgen muchos problemas imprevisibles, y por tanto la solución no puede estar en los genes”.

En Víctor del Aveyron (a quien la gran mayoría consideraba retardado) se descubrió una característica de la que, creo que con razón, nos sentimos muy satisfechos: la capacidad de inventar. Bien, eso lo situaba en el mundo de los humanos; y como ya estaba en él, había que demostrar que lo que explicaba su torpeza en múltiples asuntos sólo podía ser su retraso mental; una deficiencia que para muchos estudiosos no era fruto de su aislamiento, sino que lo acompañaba desde su nacimiento.

Hoy en día cada vez se acepta más y más la importancia de la sociedad para el desarrollo humano. Somos animales so
ciales y sólo dentro de un marco social podemos llevar a la plenitud esas características con las que contamos, además de poder descubrir nuevas vías de creación.

Sin embargo, en vez de sustentar nuestras hipótesis en la importancia de una comunidad social, muchas veces ha prevalecido el deseo de demostrar por encima de todo una autosuficiencia del hombre como ser individual. Así, cuando se observan graves deficiencias en los niños salvajes de acuerdo a nuestro sistema de vida se concluye sin más que todos ellos compartían una deficiencia mental de tipo congénito. Queremos situarnos en el escalón más alto de la evolución; por tanto, si encontramos a un ser que, según nuestro criterio, no responde a esa situación, lo solucionamos diagnosticándolo como deficiente mental y lo condenamos al olvido.

Y es que si algo desa
grada al ser humano civilizado es que se descubran en él aspectos que le asemejen a las bestias. Su pudor no puede aceptar este hecho, y a quienes nos muestran señales de animalidad los apartamos y encerramos en una clasificación bien alejada de nosotros.

Son muchos los que admiran a casi todos los representantes del reino animal, pero que, sin embargo, ante la visión de chimpancés, orangutanes y demás primates parecidos a los humanos sienten una profunda repulsión. ¿No es esto algo revelador? Nos da miedo vernos a nosotros mismos con esos componentes de animalidad que sin duda albergamos, y queremos probar -que no descubrir la verdad o falsedad de ello- que estamos en lo más alto de la escala evolutiva: somos los reyes. Como Tarzán que era el Rey de la Selva y casi podemos decir que lo era en cualquier lugar en el que se encontrara ya que parecía un ser superdotado en lugar de alguien con grandes carencias.

En definitiva, no se está intentando averiguar lo que es un ser humano, sino demostrar su superioridad. Lo que queremos es demostrar la certeza de nuestras hipótesis y así no le dejamos a la naturaleza expresarse por sí misma, no vaya a ser que nos contradiga. Partimos de la base de que es mucho lo que sabemos y no estamos dispuestos a admitir que es mucho más lo que ignoramos.



domingo, 24 de octubre de 2010

Quiénes somos los seres humanos - 2

Además de las indagaciones sobre qué es el hombre, basadas en comparaciones con seres a los que no podemos preguntar ya que no compartimos un lenguaje común, buscamos incansablemente ese elemento que nos “convierte” en seres humanos. La búsqueda de ese elemento transformador tiene muchos parecidos con la de la piedra filosofal de los alquimistas. Quizá algún día lo encontremos, pero por el momento no parece haberse dado el descubrimiento definitivo, y seguimos suscitando miles de debates en defensa de lo que nos hace realmente humanos.

Por si no fuera suficiente la búsqueda de ese elemento transformador que nos es desconocido, los estudiosos de diferentes ramas del saber se afanan en encontrar aún más diferencias que establezcan el límite entre los humanos y los que no lo son, y entre éstas destacan la conciencia que tiene el hombre de su propia identidad. Sobre este punto no voy a extenderme más pues, que se sepa, nadie ha podido preguntar al orangután si tiene o no conciencia de sí mismo.

Otra señal que por lo visto nos identifica y sobre todo nos hace diferentes es que nos sentimos miembros de una sociedad de iguales. Bueno, podría ser; pero tampoco hemos preguntado sobre este particular a los leopardos, que me parece que sí se sienten miembros de una comunidad, la suya. Y aquí surge nuevamente el gran interrogante que se plantea con respecto a los niños salvajes: ¿tienen conciencia de su propia identidad?; ¿se sienten miembros de una unidad social?

Toda esta discusión que se desarrolló sobre la posible humanidad o falta de ella en los niños salvajes, me recuerda a aquellos tiempos más lejanos en los que los europeos se preguntaban si aquellos seres nacidos en el continente recientemente descubierto y al que terminó por llamarse América tenían o no alma.

Los niños salvajes excitaban la curiosidad; ellos podían ofrecer respuestas sobre lo que hay detrás del desarrollo humano. El problema, sin embargo, surgía cuando esas respuestas no ayudaban a engrosar la vanidad humana; de esta manera, si los niños nos advertían de ciertos rasgos de animalidad, era mejor olvidarse del asunto y declararlos sencillamente deficientes, seres que por sus características personales (que no de especie) no podían acceder al progreso para el que sin duda cualquier ser humano “normal” está bien equipado.

Con esto llegamos a otro gran debate, el de si los seres humanos contamos con unas determinadas características innatas que permiten nuestro desarrollo o si por el contrario somos una especie de página en blanco dispuesta a dejarse escribir por las experiencias. Una vez más la disyuntiva: o blanco o negro. Otra vez esa obcecación con el análisis llevado a sus últimas consecuencias, de la preeminencia de la disección sobre la globalidad.

Menos mal que hay quienes nos dicen que el progreso humano se debe a varios factores unidos, en lugar de a diversos factores actuando por su cuenta. Por una parte estarían esas características innatas que además precisarían de estímulos adecuados para poderse desarrollar. Por otra, también hay que destacar la importancia del aprendizaje conseguido a través de la experimentación. Y, por último, no podemos descartar el lugar importantísimo que tiene el proceso creativo en nuestra vida.



jueves, 15 de julio de 2010

Una realidad tangible (10 y final)


Hoy Raúl Padierna era un hombre homenajeado, constantemente entrevistado, reconocido entre el pueblo como alguien digno de todo respeto. En cuanto a si había conseguido la felicidad, no estaba muy seguro de ello; pero de lo que no le cabía duda es de que, de alguna forma, se había salido con la suya. Ya nadie luchaba por arrebatarle sus muchas y variadas visiones de la vida que exhibía por medio de las actuaciones de sus numerosos personajes.

-Yo no tengo ese talento. Y es una pena. Pero me aprovecho de ti.
-¿Cómo es eso? -preguntó un tanto a la defensiva el maduro escritor.

-Leo lo que escribes. Ya ves; sin necesidad de esforzarme demasiado, me deleito con lo que escribes. Yo no necesito pelearme con las musas: tengo el trabajo hecho.
El ambiente que les rodeaba empezaba a ser demasiado deprimente, y Rosario quería disfrutar de la noche. Necesitaba salir de allí. Quizá ya había dejado de llover y todavía podrían permitirse el placer de caminar sobre aceras recién mojadas. Tuvo suerte la taquillera pues su deseo se cumplió. Las nubes se habían puesto a dormir y parecían dispuestas a dejar que la pareja disfrutara de la noche.
-Oye, Rosario, ¿y tú que esperas todavía de la vida?
-Vaya pregunta más filosófica. ¡Yo qué sé!
-Vamos, no te evadas. Nos hemos contado nuestras vidas. Ahora no estaría de más hablar de nuestros proyectos.

Rosario reflexionó durante unos instantes, y después, adquiriendo viveza a medida que sus palabras salían al exterior, contestó a su interlocutor.
-Yo espero mucho todavía. Pero te voy a decir lo que más deseo en este momento.
-¿Qué?
-Aprisionar, aunque sea durante unos instantes, lo hermoso que encuentro a mi alrededor.
- ¿Por ejemplo?
- ¡Tú!
Rosario fue la primera que se sorprendió al decir tales palabras. ¿Cómo era posible que una mujer educada para nunca tener la iniciativa expresara deseos tan comprometidos? Ella siempre había permanecido a la espera de todo. Cuando iba a la Seguridad Social se conformaba con el médico que le asignaban. Cuando le ofrecieron el trabajo que ahora disfrutaba, no puso ningún tipo de condiciones. Cuando se enamoró perdidamente del policía que patrullaba la zona, y que de vez en cuando se paraba a charlar con ella, nunca se le ocurrió hacérselo saber. Y lo peor de todo, es que la mala pécora de Berta, también le echó el ojo, pero ella sí que había sabido cazar al policía.

Tampoco podía olvidar la vez que el joven e inexperto -que todo hay que decirlo- Roberto le dio el primer beso de su vida, ella no había opuesto resistencia; lo malo es que el muchacho no repitió con ella, yendo a hacerlo con la chica más insulsa del barrio. ¡Pero qué habría visto en ella!

Y cuando Mario le propuso lo de vivir juntos, olvidándose de que ya tenía mujer además de los hijos subsiguientes, tampoco se negó; entonces, ¿por qué se deshizo todo antes de dejar siquiera que empezara? Estaba claro que no podía seguir así. Alguna vez tenía que hablar ella en primer lugar. Y precisamente había elegido una noche como aquella para soltarse la melena.

Raúl no paraba de mirar a la recién descubierta Rosario. No cabía duda, allí estaban los dos sin saber qué hacer. Y estaba claro que algo había que hacer.

Un taxi vino a despertar a la pareja de su ensimismamiento. Raúl levantó la mano, ante la enorme decepción de Rosario. Galantemente cedió el paso a la dama y, una vez dentro, antes de indicar al conductor la dirección de destino, Raúl preguntó a la desconcertada Srta. Malpica.
- ¿A tu casa o a la mía?

FIN


jueves, 8 de julio de 2010

Una realidad tangible (9)


- Oye, Rosario, ¿y tú, cómo puedes aguantar durante tantos años la rutina de tu trabajo?
- Bien mirado, todo es rutina. Tú siempre escribes.
- Sí, pero con variaciones. Además, mis obras se representan en diferentes teatros, con otros actores, público diverso. Ah, y no olvides lo de mis conferencias. Yo, como la gitana de la falsa moneda, aunque más modernizada, voy de aquí para allá utilizando cualquier bicho alado que se presente.
- Sí, supongo que, vista desde fuera, mi vida puede parecer aburrida. Pero ¡qué quieres!Serán cosas del destino, digo yo.

Raúl, después de quedarse un rato en silencio y siguiendo un sistema de hilación que tan sólo él podría explicarse, sorprendió a Rosario dando una nueva dirección a la agradable charla que ambos sostenían.
- ¿Sabes, Rosario? Es curioso pero, después de tantos éxitos, apenas sé lo que es disfrutar de la estabilidad de eso que llaman hogar y que se traduce en la posesión de una vivienda propia.

Ante el asombro de Rosario, Raúl le explicó lo que había sido el sueño de toda su vida. Tener una casa propia. No necesitar desplazarse más en la vida. Desde pequeño, sus padres, por los avatares del destino, se habían visto precisados a mudar de población quizá con excesiva frecuencia. Raúl, en su niñez, y luego en su adolescencia, nunca experimentó la permanencia del hogar, entendiendo éste como algo material, pues en su faceta, digamos espiritual, el hogar era algo que siempre llevaban a cuestas sus padres y hermanos, abuela incluida.

Sin embargo, cuando el cabeza de familia consiguió asentarse de forma definitiva, y para sorpresa del propio Raúl, una vez comprobó que -transcurrido un tiempo prudencial- nadie empaquetaba maletas, empezó a sentir una especie de desasosiego que todavía ahora, en su ya más que sobrepasada madurez, seguía experimentando. Quizá fuera aquella necesidad de continuo cambio lo que le hacía mantener las maletas en el lugar más accesible de su casa de Madrid, y lo que le había obligado a variar de domicilio cada cierto tiempo.

Eso sí, la necesidad de un sentimiento de permanencia le obligaba a llevarse consigo, cada vez que una nueva mudanza amenazaba con desestabilizar la rutina de Raúl, el eterno sillón, de suave tejido, del que nunca se separaba. Ya había necesitado varias tapicerías nuevas, pero, por mucho que variara el diseño, lo acogedor del tacto permanecía inalterable.

Raúl estaba en vena. Las confidencias se habían desatado, y la necesidad de materializar los pensamientos y darles vida con su aliento, le hizo hablar y hablar, en una especia de monólogo de Shakespeare del que Rosario era el público inherente a cualquier representación que se preciara de algún valor. Raúl explicó cómo la insatisfacción que le causaba el sedentarismo recién adquirido de su familia le llevó a forjar en su imaginación mil y una aventuras que, con el paso del tiempo, fueron dibujando los folios que caían en manos del insatisfecho joven. En su mente surgían todas las vidas que a él le hubiera gustado vivir. Pronto, hasta la noches se llenaron de sueños conscientes; sueños que luego quedaban impresos en nuevas páginas. Así empezó su carrera y así descubrió su vocación.
- ¿La de escritor? -Preguntó Rosario, creyendo haber dado en el clavo.
- La de vividor.
Y Raúl silabeó cuidadosamente la palabra. Vividor en su más amplio sentido. Ya joven llegó a la conclusión de que él no reunía todas las características que podrían conducirle a llevar, en la realidad, las mil y una vidas que su fogosa inmadurez imaginaba. Escribir, interpretar. Esas dos facetas culturales atraían su atención. Por supuesto, una familia como la suya no iba a propiciar la carrera de actor teatral para uno de sus hijos, así que, decidió aceptar aquello que le ofrecieran con tal de que no le quitasen lo esencial: su fértil imaginación.

(...)


jueves, 1 de julio de 2010

Una realidad tangible (8)


DESDE LUEGO QUE el cielo había elegido un mal momento para acabar con los devastadores efectos de la sequía. Justo en el momento en que la pareja salía del local y emprendía un agradable paseo, unas nubes que con toda seguridad, en el caso de que pudieran verse, eran negras, descargaron todo su disgusto sobre ellos. Rosario tenía la costumbre de acudir al trabajo sin la compañía del coche que reservaba para un número muy escaso de desplazamientos. El tráfico y los problemas de aparcamiento habían decidido a la mujer a disponer de su automóvil como de un objeto de museo que se exhibe a los amigos de vez en cuando, y se somete a revisiones periódicas para certificar su existencia. En cuanto a Raúl, él siempre se había negado a presentarse a un examen para demostrar que estaba igual de capacitado que los demás para matar a pobres viandantes que circularan desprevenidos por las calles de la ciudad. Así las cosas, sólo quedaban dos soluciones, o cogían un taxi, o se metían en el local contiguo y dejaban que el tiempo transcurriera entre conversación y sorbos de placentera bebida hasta que la intensidad del aguacero fuera disminuyendo. Y fue esta segunda opción la que ganó la partida.

El establecimiento que les serviría de refugio era uno de tantos cuya mejor calificación podría encerrarse en la palabra "cutre". Francamente, Rosario no hubiera hecho ascos a que el director y autor teatral que la acompañaba se dejase los cuartos en uno de esos lugares donde casi hay un camarero por persona, pendiente hasta el extremo de cada una de las necesidades del cliente que le hubiera sido adjudicado. Era cierto que la entrada en semejante tugurio obedecía a la precipitada decisión de continuar juntos, decisión propiciada por la intensa lluvia, pero ya era lástima no encontrarse al lado de una elegante sala de fiestas. Además, volver al lugar donde escasos minutos antes habían sido despedidos con estudiadas sonrisas parecía en cierto modo humillante. Por otra parte, con más frecuencia de la deseada por sus acompañantes, Raúl Padierna disfrutaba mucho de semejantes establecimientos, fuente de inspiración para él, debido a los extraños personajes que solían albergar. En fin, bien pudiera suceder que la noche pasada allí con Rosario Malpica sirviera a Raúl Padierna de punto de arranque para una nueva y, por descontado, aplaudida obra.

Con el discurrir de la noche, las confidencias iban menudeando entre la pareja. Ya no se trataba de avasallar al otro con un sinnúmero de cuestiones que en alguno de los casos podían considerarse hasta impertinentes. Tampoco tenían necesidad de relatar sus propias frustraciones utilizando un tono superficial a modo de coraza defensiva. No; entre ellos se había establecido un ambiente que destilaba un cierto calor de hogar que hacía que las palabras se enlazaran unas con otras buscando el regazo de aquel o aquella que escuchaba. Desde luego que la vida nunca para de dar sorpresas. ¿Quién podría imaginar que los más íntimos pensamientos pudieran ser compartidos con alguien con el que sólo nos une, en principio, el hecho de participar de una misma naturaleza humana?

Raúl hablaba con gusto. No se sentía obligado a hacerlo, y eso era lo que facilitaba su locuacidad. Además, comprendía que la compañía de aquella noche no buscaba nada de él, y que ambos se conformaban tan sólo con pasar un buen rato juntos. Los dos llevaban caminado mucho por la vida y, finalmente, habían descubierto el placer de los encuentros.

Rosario Malpica había asistido a demasiados altercados en el teatro, en muchos de los cuales el apasionado Padierna participaba sin ningún tipo de límite pudoroso, como para que el afamado autor y director tuviera que andarse con remilgos ahora, semejando algo parecido a un dios del Olimpo o bien a un enfant terrible, según los casos. Sólo tenía que dejarse llevar por la solicitud de la noche y mostrarse tal cual era; ella no iba a exigirle más.

(...)