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sábado, 15 de agosto de 2009

UNO MÁS UNO - (Parte 10 y última)

Marta

Las despedidas siempre tienen algo de triste, aun cuando deseemos desaparecer del lugar en el que nos encontramos. Después de tantos días juntos, de tantas discusiones, nervios en tensión, momentos divertidos, tenemos que decirnos adiós. Muchos de nosotros volveremos a vernos, pero, aunque lo intentemos, los momentos son irrepetibles, y nuestra experiencia pirinaica no podrá doblarse. ¿Será posible que llegue, incluso, a echar de menos, alguna vez, al plomo de Sergio Estévez? Desde luego, sí que somos complicados los humanos.

Debido al trabajo que realizo en este rodaje, yo no soy precisamente una de las primeras en preparar mis bártulos y largarme, sino que, muy al contrario, saboreo la despedida en su totalidad. Al principio los adioses suenan ruidosos, con el transcurso del tiempo éstos se hacen cada vez más suaves y esporádicos, hasta que, de repente, casi puede decirse que estoy sola, si no fuera por la escasa compañía de los que, como yo, deben esperar al último tren.

Es curioso, como jefe de producción, soy una especie de alfa y omega; soy la primera en aparecer, y la última en abandonar la escena, incluso cuando el público ya se ha ido. Y lo del público no es ningún tipo de metáfora. Desde los primeros momentos de nuestra llegada, los ojos llenos de curiosidad de los lugareños no han dejado de perseguirnos fuéramos a donde fuéramos. Por supuesto, estas gentes que nos asediaban no siempre lo hacían con la mejor de las intenciones; algunas veces ese extraño regustillo que deja el hecho de ejercer desprecio era muy saboreado por algún ser no del todo exento de vileza. En fin, todo da color a la fiesta.

Nueva tanda de kilómetros. La entrada en Madrid tendrá, como todo en mi vida, un cierto tinte de alegría y otro de tristeza. ¿Cómo puede ser esto? Puede que sean los gajes de la vida, o puede simplemente que se trate de un fruto de mi extraña personalidad. Una vez en casa me plantearé la ausencia de Teo. ¿Por qué no acudió a mi llamada?

© María Fernanda Buhigas Patiño


sábado, 8 de agosto de 2009

UNO MÁS UNO - (Parte 9 de 10)

Teo

Casi todo el mundo me pregunta lo mismo. ¿Cómo es posible que un editor no haya publicado su propio libro? Y eso mismo me preguntó yo más veces de las aconsejables. Pero así es. Y así lo asumo.

Hace cuatro años me sentía tan frustrado como escritor, que me retiré al paisaje que me brindaba el Monasterio de Piedra, y allí, entre aguas manifestadas en diversas maneras, fui dando forma a mis pensamientos. Cuando me retiraba a mi celda monacal, me gustaba inspirarme a la luz de una vela. Debo admitir que el olor que desprendía la mecha no favorecía excesivamente la creación, pero se me metió entre ceja y ceja de mi lado espiritual que la trémula luz de la llama podía dar un cierto ambiente a mi pensamiento.

Intenté ponerme a escribir con la ayuda de una coqueta estilográfica, pero, a la hora de hacerlo, mi mano se mostraba mucho más cansada que mi inspiración y hube de dejarlo. Al día siguiente pedí que me enviaran mi ordenador portátil, pues veía que mi aventura literaria peligraba seriamente.

Una vez que el artilugio que últimamente más veces me ha acompañado llegara el hotel, decidí que lo de la vela podía seguir funcionando. Así, cuando la luna decidió decorar el cielo que podía ver a través de la ventana, me puse a la tarea. La fría luz proyectada por mi ordenador y la de tonos rojizos que lanzaba la vela resultaban algo demasiado anacrónico para que pudiera durar, sin embargo, me propuse que ambas emprendieran el camino de la amistad, y, a la vista de lo escrito, creo honradamente que lo conseguí.

Es verdad que escribí. Sin embargo, no publiqué. Bastante tengo con correr el riesgo de los demás como para someterme yo a semejantes rigores. El hecho de publicar mis propias obras no sé yo si restaría cierta credibilidad a mi propia editorial; y lo de publicar en casas ajenas no acabo de verlo con buenos ojos. Bueno, el tiempo terminará obligándome a tomar una decisión; pero, por el momento, me conformo con hacer partícipes de mis pensamientos a mis más incondicionales amigos.

Me costó mucho enseñar algo a Marta. El que Marta leyera mis escritos suponía para mí mucho más que un desnudo integral; sin embargo, aquella obscenidad, a la vez que me repelía, me atraía irresistiblemente. El problema es que para Marta la literatura es una pantalla sobre la que se proyectan palabras, a veces de una longitud extrema. Aquello nos llevó a una de nuestras primeras discusiones.

Yo esperaba ver en el rostro de mi amada los efectos de la admiración, pero nada de eso asomaba por su fisonomía. Al contrario. Según ella mis ideas eran buenas pero podían ser expresadas en muchas menos líneas de las que me había decidido a utilizar. Soltó el consabido lo bueno, si breve, dos veces bueno, o algo así, y por mucho que yo le hablé de los espasmos de placer que me producía la ilación de sucesivas palabras, ella no cambió de idea.

Lo que más me enfadó de aquello fue descubrir que su libro de cabecera durante aquel tiempo era Guerra y Paz. ¿A qué venía entonces hablarme de concisión?

Francamente, nunca imaginé que nuestro primer encontronazo (si exceptuamos aquél que nos unió) viniera de mano de la literatura, lo que me confirma en mi idea de que la vida es totalmente imprevisible.

Aunque no quise admitirlo entonces, ni siquiera en la intimidad, mi orgullo se encontraba demasiado herido, y, durante la semana que siguió a su despiadada crítica literaria, apenas tuve tiempo para encontrarme con ella. Luego fue lo del estreno de la película dirigida por un amigo suyo de muchos años atrás. Aquello zanjó la cuestión al permitirme disfrutar con el sabor de la venganza. La crítica destructiva que hice de semejante bodrio, por mucho que ella admirara a su amigo, nos dejó en tablas.

A pesar de que no siempre resulte halagador para mi ego el hecho de que Marta no mitifique mis ideas, he de admitir que me gusta. Añade verdad a nuestra relación, y eso es mucho. Marta y yo somos distintos, eso es evidente desde cualquier ángulo que se quiera enfocar, pero, a la vez, creo que nos complementamos de forma magistral. Y.., ahora que lo pienso, después de todo ¿qué habría de malo en coger el coche y acercarme a los recónditos parajes donde ella se encuentra?

CONTINUARÁ ...


* La foto corresponde al Monasterio de Piedra.



sábado, 1 de agosto de 2009

UNO MÁS UNO - (Parte 8 de 10)

Marta


Está visto que a los hombres no se les puede desentrañar ningún secreto que ataña a nuestros sentimientos. Parecen el espíritu de la eterna contradicción: cuanto más los quieres, más indiferencia les causas; cuanto más les hieres, más y más buscan el castigo. ¿Por qué he tenido que decirle que lo necesito?

Durante muchos años he podido manejarme por la vida sin que él estuviera acompañando mis pasos; ¿a qué viene ahora eso de descansar en él? Mi fracaso matrimonial podía haberme enseñado algo en la vida. Claro que cuando lo nuestro se acabó, consideré que
mi ex era una de aquellas excepciones que había tenido la desgracia de encontrar. Lo terrible es que parece que la verdadera excepción todavía no me ha sido presentada.

Creo que si un hombre me dijera que me echaba de menos, me derretiría como la margarina que conservo en mi defectuoso e insuficiente refrigerador. Claro que habría que matizar. No todo varón podría rasgar mi frágil fibra sensible, ni mucho menos. De cualquier modo siempre queda aquello del propio orgullo, pero...

Lo cierto es que Teo ha debido considerar preferible una taza de café perdida entre los innumerables libros que siempre le rodean, al encuentro con mi cuerpo; porque si éste no consigue ser buen reclamo ¡para qué hablar de mi espíritu¡

Y para colmo el pesado de Sergio. Ahí está, completamente olvidado de la tabarra que me ha dado durante casi toda la noche, dejándose los ojos en el maldito guión que no consigue aprenderse. Digo yo que si algo debe tener un actor es buena memoria, pero parece que tal característica no es propia de Sergio Estévez. Me temo que el rodaje de hoy se va a alargar más de lo debido, y todo por culpa, entre otras cosas, de la manía que le ha entrado al nuevo cine español de recoger el sonido en directo. Para hacer semejante cosa hay que contar con actores que de verdad lo sean; pero, claro, ése es un tema del que no se puede hablar.

El cine, sujeto pasivo y activo de mi vida. Cualquier acontecimiento de mi existencia se ve directamente relacionado con él. Al fin y al cabo él llenó de sueños mi imaginación infantil; y, con lo que mostraba, pude sentirme identificada en múltiples situaciones de mi vida. Creí que, una vez que me dedicara de forma profesional al mundo del cinematógrafo, la magia que ejerce en sus espectadores se evaporaría en mí, pero, sin embargo, no ha sido así. Aunque haya tenido a mi lado, en la sala improvisada de maquillaje de cualquier hotel de cualquier geografía, al mismísimo Christopher Lee transformándose en el sanguinario Drácula, una vez en la oscuridad de cualquier sala de barrio, el vampiro logra imponerse a la realidad, consiguiendo mi estremecimiento.

El cine y yo. Yo y el cine. A veces resulta difícil establecer una división entre estos dos entes, y resulta mucho más difícil el que los que se encuentran fuera del tándem que formamos los dos lo entiendan; pero no puedo olvidar que el invento de los hermanos Lumière ha sido trascendental para mí. ¡Buenos chicos aquellos Lumière! Probablemente sea el mismo cine que me da vida el que esté actuando en estos momentos en mi contra. Por una parte, su realización me mantiene alejada del hombre con el que más deseo estar. Por otra, quién sabe si el tal Teo no estará arruinándose la vista ante un defectuoso vídeo de amor...

CONTINUARÁ...

* Obra de PICASSO





sábado, 25 de julio de 2009

UNO MÁS UNO - (Parte 7 de 10)

Teo

¡Me echaba de menos! Eso era esta mañana, cuando tanto ella como yo debíamos estar inmersos en nuestros trabajos, alejando de nosotros cualquier problema ajeno a nuestro quehacer. Sin embargo, justo cuando me decido a ofrecerle compañía, materializando tal deseo a través del hilo telefónico, doña Marta no se encuentra en su habitación. ¿Y qué puede estar haciendo esta mujer en un pueblo perdido de los Pirineos? Sin duda, no se trata de la mejor hora para practicar el montañismo, y lo de un rodaje nocturno no me lo trago.

¡Qué curioso resulta todo! Esta mañana me sentía acorralado. ¿Y todo p
or qué? Por el hecho aterrador de que la mujer que enciende un extraño fuego en mi corazón empezara a lanzar insinuantes sugerencias, transgrediendo mis más elementales maneras de actuar cómo y cuando me da a mí la gana. Ahora, cuando la aguja pequeña del reloj ha dado doce vueltas a la esfera que la contiene, aquí estoy yo, preguntándome en silencio lo que estará haciendo Marta. Después de todo, quizá no fuera tan mala idea ésa de desplazarme a las montañas el fin de semana. Así ella se daría cuenta de que también yo tengo un espíritu romántico cuando quiero.

¡Marta! La primera noche que hicimos el amor no me atreví a pronunciar su nombre en voz alta. Nada hay más descorazonador que articular un nombre equivocado, y en una primera noche no existe la práctica necesaria para dejar que el nombre apropiado surja mecánicamente. Sin embargo ella no tuvo reparo alguno en silabear el mío en su espantosa t
otalidad: ¡Domiciano Teobaldo! Desde los jesuitas, nadie se había dirigido a mí en esta forma. En la fiesta, y por aquello de hablar de algo, le había explicado a Marta el origen desgraciado de mi nombre. Todo fue debido al carácter de jugador empedernido que tenía mi padre. En una noche de póker descubierto, en el que mi progenitor se entregaba con vehemencia a los bandazos del azar, además del fajo correspondiente de billetes, a mi padre no se le ocurrió apostarse mejor cosa que el nombre propio de su primogénito. Y como, entre sus muchos defectos, no se encontraba el de faltar a su palabra, ahí estoy yo como resultado de tan noble proceder. Lo que no entiendo es cómo esta mujer pudo emplear con total naturalidad aquellos dos vocablos en tan romántico momento. En fin, con el tiempo he llegado a acostumbrarme a estas cosas de Marta, aunque debo admitir que nuestra primera noche de pasión estuvo a punto de naufragar cuando, entre gemido y gemido, ella susurró mi estentóreo nombre.

Es curioso pero, a pesar de mis muchas ocupaciones, no consigo desligarme de ese sentimiento misterioso que me une a una mujer cuya piel posee la característica de transmitir corrientes eléctricas a las partes más recónditas de mi cuerpo. Hasta ahora creo que he experimentado todo tipo de emociones con las mujeres que han ido apareciendo por mi vida. Desde la pasión arrolladora, hasta el más puro y duro sexo, pasando por situaciones de ternura, cariño y lo que he llegado a considerar como verdadero amor.

La relación con Marta empezó como respuesta a un momento de necesidad y como producto de una cierta admiración. Lo que más me gustó de ella fue su escasa disposición a agradar si en realidad no compartía lo que en la reunión se podía estar discutiendo. Se notaba a primera vista que no era mujer que necesitara bailarle el agua a nadie para salir adelante; cosa que parecía ir consiguiendo, de forma muy adecuada. Cuando uno se halla a medio camino entre la cuarentena y la cincuentena, resulta altamente gratificante ser el objeto de deseo de una veinteañera, a ser posible con buenos elementos esculturales; pero, para hacer honor a la verdad, el encuentro con una persona del sexo contrario, que comparta en su memoria las mismas décadas pasadas, tiene también su aliciente.

Por otra parte, y quizá debido a esa escasa estatura que la acompaña, es una mujer físicamente más joven de lo que asegura su carnet de identidad. La provocación, que había sido la característica que nos uniera en nuestros dos primeros encuentros, fue la que, de forma totalmente desprovista de premeditación, nos fue empujando a una situación que ninguno de los dos preveímos a tiempo. Tan sorprendente ha sido nuestro extraño acoplamiento, que nunca se nos ha ocurrido planificar una vida propiamente en pareja.

Existen noches en las que la única compañía de mi propia respiración es más que suficiente para hacerme un ser razonablemente feliz. Sin embargo, no puedo olvidar esas otras en las que una nostalgia de no se sabe qué, pero que bien pudiera tratarse de elemental cariño, se agarra con fuerza a ese rincón secreto del corazón que ningún científico ha conseguido desentrañar. Y, desgraciadamente para mí, ésta es una de esas noches que parecen no tener fin.

Sería bonito que allá lejos, en los Pirineos, alguien experimentara mis mismos sentimientos; pero me temo que, en la vorágine que representa la realización de una película, hay tiempo para todo, y que, precisamente ahora, el objeto de mi pensamiento se halla mucho más lejos de lo que yo podría imaginar.

* Escultura de Camille Claudel

CONTINUARÁ...


sábado, 18 de julio de 2009

UNO MÁS UNO - (Parte 6 de 10)

Marta


Durante el desarrollo de un rodaje, la noche puede traer cuatro estados diferentes de ánimo: uno es el que le lleva a uno a vivir una noche desatada de lo que suele calificarse como locura y desenfreno. Por otra parte tenemos la noche llena del cansancio acumulado durante todo el día, y que no nos permite ni siquiera acordarnos de nuestros más escondidos problemas personales. También está la dedicada al trabajo, que, con más asiduidad de la debida, acude puntual a la cita. Por último nos encontramos con la noche nostálgica. Ésta puede experimentarse fundamentalmente en soledad o bien en compañía. La nostalgia de esta noche ha venido acompañada de uno de los actores más pesados que conozco en el tiempo que llevo dedicándome a esta profesión.

Cuando el buen humor le acompaña, y el whisky se halla lejos, Sergio Estévez es una persona muy sobrellevable. Aun diría más; incluso resulta encantador. Como muchos miembros de su gremio, Sergio encierra un sin fin de anécdotas que pueden animar la conversación más decaída. Desgraciadamente esta noche el whisky parece haber superado aquello de la ley seca, y favorece un no se qué de tristeza en el temperamento de Sergio. Esto confirma mi idea de que la única bebida que debe permitirse en los rodajes es la sana y alegre sangría, con la suficiente canela para despertar sentimientos profundos, pero sin llegar nunca al exceso del adormecimiento. ¡Sólo me faltaba esto! La llamada de esta mañana al cretino de Teo tiene que completarse con los desahogos sentimentales de este pesado. Lo que no entiendo es cómo podemos llegar a estos extremos de intimidad en el desarrollo de nuestro trabajo, especialmente cuando nos encontramos a algunos kilómetros de distancia de nuestros hogares.

Aquí y a estas horas de la noche, cualquier pudor está de más, y como si de un confesor se tratase, acerco mi pabellón auditivo para no perderme nada de lo que Sergio desee contar. O mucho me equivoco o esta noche terminará su larga perorata con una exteriorización de su necesidad de cariño, pero, aunque yo también la experimento, no estoy tan desesperada como para caer en los brazos de un hombre del talante de Sergio Estévez.

Si me atengo al elemento físico, he de admitir que el chico no está mal, aunque me temo que con tanto abuso de rayos UVA y viajes a Cancún, su piel se va a deteriorar en un muy corto espacio de tiempo. Bien pensado, la diferencia entre su piel y la de un labriego no es tanta.

Además del factor físico, no puedo olvidarme del espiritual y/o intelectual. En cuanto a este punto, si consiguiera vencer la necesidad de expresarme también yo alguna que otra vez, pudiera ocurrir que nuestros encuentros resultaran tolerables. Pero no me hago demasiadas ilusiones; las relaciones que me han mantenido al lado de actores no dejan demasiado espacio a la esperanza. La prueba la tengo esta noche. Cada vez que el plasta de Sergio me dirige una pregunta, con la mirada perdida dentro de un vaso de whisky al que hace tiempo se le ha licuado el hielo que conseguía mantenerlo fresco, yo, ingenuamente, me dispongo a contestar. Por supuesto, ni que decir tiene que Sergio se sorprende ante mi intención de ofrecerle una respuesta, e interrumpe repentinamente mi discurso. Sin duda son los efectos de haber interpretado demasiadas veces el papel de Hamlet, con sus constantes monólogos, lo que ha hecho olvidar a Sergio el intercambio necesario en toda conversación que se precie; diálogo versus monólogo.

Sergio se siente solo. Divorciado una vez, y separado dos, no consigue acostumbrarse a una habitación con su sola presencia. Por otra parte, la actriz con la que hace pareja en la ficción no está del todo mal y, además, el hecho de que compartan la misma profesión es un punto a favor de una posible relación. Cuando intento recordarle que tanto su exmujer, así como sus excompañeras también compartían su labor, Sergio me interrumpe alegando que yo no entiendo lo que él quiere decir. El problema surge del extraño hecho, que no por infrecuente deja de darse, de que la tal actriz, comparte en el momento actual un romance muy sonado en toda la prensa del país. Y claro, para colmo, esta noche, el galán que ha robado el corazón de la chica se lo debe estar acariciando en la oscuridad de una habitación del hotel. Y ésa es la razón por la que Sergio está aquí, a mi lado, bebiendo whisky tras whisky, y perorando todo el tiempo sobre lo complicado del amor.


Ya he hecho varios intentos de dar por zanjada nuestra reunión, pero, ni por más bostezos que lanzo, bostezos ostensibles, faltos de todo recato, mi acompañante de esta noche se da por aludido. Para él soy una simple espectadora que, en todo caso, realza sus pensamientos. Mañana, por la mañana, los dos nos sumergiremos en los secretos de nuestras respectivas profesiones, y nos saludaremos con la camaradería que nos da el oficio; pero, probablemente, ni una sonrisa cómplice trascenderá de esta reunión que mantenemos en uno de los rincones más oscuros del mortecino bar.

* Obra de Toulouse-Lautrec

CONTINUARÁ...


sábado, 11 de julio de 2009

UNO MÁS UNO - (Parte 5 de 10)

Teo

Mientras preparaba mi acostumbrado chocolate, de repente me he sorprendido riéndome en alta voz. Menos mal que mis vecinos ya están acostumbrados a mis salidas de tono y ya no me preocupa en absoluto lo que puedan pensar. La razón de mi carcajada es el recuerdo que ha acudido a mi mente, precisamente en el instante en que desleía, con sumo cuidado, la cucharada de chocolate en la leche, pues, por mucho que digan que es instantáneo, yo no he conseguido hacer desaparecer de mi taza algún que otro grumo traicionero.

Han pasado ya bastantes meses desde nuestro primer encuentro. Aquella tarde, la tensión del trabajo me había llevado al límite de mis nervios, y, para rematar, un enorme atasco en la Castellana. De verdad que envidiaba la tranquilidad del automovilista que me precedía, quien, ni corto ni perezoso, aprovechó la obligada parada para adentrarse en los misterios del periódico que todavía no había tenido tiempo de leer.

Si el día no había estado lo suficientemente repleto de desagradables acontecimientos, la llegada a mi casa todavía me deparaba una nueva, y no precisamente agradable, sorpresa. Curiosamente, la zona se encontraba desierta de coches; algo bastante inusual. Por supuesto, después de un día tan aciago, agradecí la suerte de encontrar con tanta facilidad un aparcamiento. Pero, en el instante en que las ruedas de mi coche se doblaban para acoplarse al bordillo de la acera, una mujer, con rostro iracundo, me ordenó, sí, sí, me ordenó, no me pidió ni suplicó, sino que impuso a bocajarro su tajante pretensión de que me alejara de allí.


Por supuesto yo estaba dispuesto a presentar batalla. Aquella mujer no tenía ningún derecho a obligarme a retirar mi vehículo de un lugar tan cercano a mi domicilio. Además, para eso pagaba mis tasas al Ayuntamiento, y para eso tenía mi tarjeta de residente que me autorizaba a aparcar en la zona.

La discusión que siguió al primer encuentro con la mujer fue un poco subida de tono. Yo no estaba dispuesto a ceder, y ella parecía que tampoco. Al cabo de unos momentos de gritos sucesivos, apareció mi esperanza en traje azul. Un municipal venía a rescatarme. Al menos eso es lo que creí yo, pero resultó que, para chasco mío, se puso del lado de la furibunda mujer. Se trataba, me dijo, del rodaje de una película; estaban pagados los permisos necesarios y yo tenía que desalojar la zona.

¡Aquello era intolerable! ¿Qué pasaba con los impuestos? ¿Para qué los pagaba? ¿Para que cualquier mequetrefe del cinematógrafo me empujara de allí? ¡Se trataba de mi barrio! Protesté y protesté, pero, al final, hube de ceder. A regañadientes, por supuesto, pero me marché.


Cuando giraba el volante para hacer salir a mi destartalado coche de una tan buena zona de aparcamiento, aquella descarada me indicó el título de la película y me sugirió que fuera a verla cuando se estrenara; quizá entonces podría apreciar mi contribución al arte. La fulminé con la mirada, pero, desgraciadamente, ningún rayo procedente de mis pupilas pudo exterminarla.
Y llegó el día del estreno.

Aun a pesar de mi excelente memoria, cuando Juanjo me invitó a esa premier, no relacioné el incidente de hacía algún tiempo con aquella película. Pero allí estaba ella. Su rostro me resultó familiar, aunque el maquillaje que lo alteraba marcaba distancias entre esta mujer y la que me gritara en el aparcamiento. De repente se hizo l
a luz en mi mente. Si cuando yo digo que tengo buena memoria, por algo será.

Cuando la vi fue después de tener la oportunidad de aburrirme con la proyección, y las primeras palabras que le dirigí fueron: “Pues, después de todo, no creo que mereciera la pena.” Por supuesto la pillé totalmente por sorpresa, y creo que aquella fue una de esas escasísimas veces en que la
susodicha no supo qué responder. Decidí aclararle la situación; la ignorancia ajena es algo que me puede, y siempre intento cotrarrestarla. A partir de aquel momento nos hicimos algo así como amigos.

Marta es de esas mujeres que tienen algo. Sus ojos son demasiado pequeños, pero con unas chispitas que consiguen derretirte. En lo que se refiere a su nariz, es una de ésas cuyo fin debería ser la mesa del quirófano, pero ella parece no estar por la labor. Su boca probablemente es demasiado gruesa, sin embargo, debo admitir que, cuando la beso, sus labios consiguen procurarme un abrigo especialmente cálido. Su tamaño podría considerarse casi el mini; claro que, no tengo que forzar demasiado mi cintura al ponerme a su lado. En conjunto, Marta tiene algo que, si

no puede ser considerado como belleza, podría muy bien ser definido como “magia”.

CONTINUARÁ...

sábado, 4 de julio de 2009

UNO MÁS UNO - (Parte 4 de 10)

Marta


Está visto que nunca aprenderé. Todavía sigo creyendo que el hombre que esporádicamente, o no tan esporádicamente, comparte mi cama, está dispuesto a acudir a mi llamada cuando más lo necesito. ¡Qué ingenuidad! El hecho de que yo desee su compañía no presupone, en absoluto, que el sentimiento deba ser recíproco.

Decididamente, Teo no ha estado cariñoso esta mañana. Pero, ¿cuándo lo está? En nuestra ausencia de contrato no existe ninguna cláusula que obligue a manifestar cariño; lo cual, también hay que tenerlo en cuenta, no significa que éste no exista.


Teóricamente, había llegado a un acuerdo conmigo misma. El amor en mí sería algo tangencial. Por supuesto se adentraría en mi vida siempre que se dieran circunstancias favorables, pero sin excesivas implicaciones. Claro que eso es pura teoría. Cuando aparece el macho ibérico (o de cualquier lugar, que yo en este campo -ni en otros- no soy xenófoba), las cosas cambian radicalmente.

¿Qué puedo concluir de mi relación con Teo? Tiene las comodidades de la independencia. Ninguno de los dos nos hemos planteado compartir piso, por ejemplo. Cada uno se mantiene en su propia esfera laboral, sin invadir la del otro. Cuando alguno de los dos no está precisamente de humor, inventamos excusas que nos mantengan alejados para que el disgusto de uno no interfiera en el estado anímico del otro. Eso sí, cuando disponemos de tiempo libre, tiempo que queremos compartir, entonces resulta glorioso. En la intimidad Teo se transforma, y yo abandono el cinismo que llevo como bandera para sortear los problemas que se cruzan en mi vida.

Con lo que yo no había contado es con esos momentos de nostalgia que arrecian de repente y sin saberse muy bien por qué.

No ha sido una buena idea llamar a Teo. Espero que esta tibia ducha consiga arrastrar la decepción que se ha pegado a mi cuerpo. Quizá la necesidad de Teo fuera producto de un día tan atípico como el de hoy, en el que la actividad no está siendo la nota sobresaliente. Todos estamos un poco cansados, y lo de ayer ha hecho demasiada mella en el equipo. El día libre que nos hemos tomado puede que consiga relajar los ánimos. Estoy segura de que así será. Mañana volveremos al rodaje como si tal cosa, con los mismos nervios de siempre y, por qué no decirlo, con la misma ilusión.

Evidentemente, Teo no tiene por qué compartir mi estado de ánimo. Pero ¿por qué será que un argumento tan racional no consigue consolarme?


CONTINUARÁ...



viernes, 26 de junio de 2009

UNO MÁS UNO - (Parte 3 de 10)

Teo


Tenía que elegir el día de hoy; precisamente uno de los mar­tes más agitados de entre las últimas tres semanas de intenso tra­bajo en la editorial. Y mira que le tengo dicho que para hablar con ella prefiero la soledad de mi propio hogar. Claro que ella siempre tiene respuesta para todo y, en este caso particular, no le falta razón. Alega que mi verdadera casa es, sin lugar a dudas, mi habi­táculo laboral. Bien, concedo que tiene razón, pero no hoy, uno de esos días en que todo, absolutamente todo, se complica; desde la luz del despacho que funciona de forma intermitente, haciendo que mis pupilas deban acomodarse a una nueva situación cada fracción de segundo; hasta el último contrato con uno de esos autores que, en el último momento, deciden plantear inconvenientes.


Para mi sugerencia de que me llamara por la noche a mi
domicilio privado también tenía respuesta (¡cómo no!): me echaba de menos. ¡¿Cómo puede echarme de menos en medio de un rodaje de locos que la ha llevado a uno de esos pueblos perdidos de lo que ha venido en llamarse la España profunda?! En aquel momento, tan desesperado estaba con mis propios problemas, que no fui capaz de captar el matiz que ofrecía aquel hecho extraño de que ella me echara de menos. Tengo que admitir que Marta no siempre resulta la piel cálida del mamífero que comparte su nombre, sino que, en demasiadas ocasiones, su frialdad se contradice con la supuesta sensibilidad de su sexo.


¡Me echaba de menos! Precisamente en uno de esos momentos en los que uno debe abandonar la reunión a la que asiste, para eliminar ese líquido sobrante, en algún aseo de los que ya no necesariamente están siempre al fondo a la izquierda, es cuando me tienen que venir a la memoria sus palabras. Parece mentira que sea un lugar así el que consiga evocar el discurso que Marta me ha dirigido por teléfono en tan caótica mañana, pero así es, en efecto. No es que haya en semejante lugar nada que pueda relacionarse de forma especial con ella, pero lo que sí ocurre es que es el único espacio en el que, durante tan traumático martes, consigo estar solo conmigo mismo.

Todavía quedan días para finalizar el rodaje; sin embargo, algo del todo imprevisible en una personalidad como la suya, Marta me pide que vaya a reunirme con ella cuando encuentre algún momento para escaparme de la editorial. ¡Como si eso fuera tan sencillo!

Por supuesto que no me sería demasiado difícil encontrar alguna excusa que me permitiera escabullirme del trabajo, pero, ¿es eso lo que realmente quiero? Por otra parte, ahí está uno de los logros de nuestra nueva sociedad: la invención del fin de semana; podría agarrarme a él sin albergar ningún tipo de escrúpulo profesional, por muchos originales que queden por leer desperdigados por la casa. Sin embargo, y a pesar de haberme quejado durante la noche de la excesiva libertad que vivimos en nuestra relación, el hecho de que Marta me reclame es algo que no acaba de sentarme del todo bien. No puedo negar que en el momento en que me lo dijo me sentí imprescindible, y eso es algo, por lo menos, halagador; pero la sugerencia de una mujer, que nunca hace ninguna, puede ser el principio del atosigamiento, y eso sí que no.

El tiempo que llevo en el aseo, enfrascado en semejantes pensamientos, es lo suficientemente largo como para que mis compañeros de negocios empiecen a sospechar que algo siniestro puede haberme ocurrido en tan sórdido emplazamiento; algo que muy bien saben reflejar las novelas negras y las películas de gángsters y mafiosos, géneros que siempre causaron mis delicias por mucho que la intelectualidad se dedique a denigrarlos. Ya pensaré más sobre el tema. Lo que no voy a hacer es abandonarme a una situación quinceañera, cuando, creo recordar, que ni siquiera a los quince años me dejé arrastrar por algo así.

La razón de mis numerosas separaciones está bien clara. Nunca he querido ser poseído. Es verdad que en alguna ocasión la tentación de ceder a un sentimiento de tal naturaleza estuvo en un tris de dar con mis convicciones al traste; pero pronto pasó la nube, y aquí estoy, libre como el viento. O, al menos, así me gusta identificarme; y de tanto recordármelo y hacérselo ver a los demás, he llegado a adquirir una seguridad tal en la obtención de semejante ideal, que hasta yo mismo he llegado a creérmelo.


Los negocios me reclaman y a enfrentarme a ellos me dispongo. Por mucho que me queje, me gustan las situaciones difíciles, pues añaden ese punto de emoción a la vida que hace tanto bien a mi adrenalina. Y el negocio que tengo entre manos no puede decirse que sea de los más fáciles. Deseo publicar ese libro, y el maldito autor me sale ahora con la consabida historia de buscar otra editorial. Bueno ¿y qué? De acuerdo que la obra es buena, pero su autor no es precisamente un candidato al Nobel. En fin, tendré que utilizar mis mañas de viejo zorro. Todo consiste en dejar hablar a los demás y, sólo en el último momento, hacer uso de mi facultad para emplear el lenguaje. No precipitarse; ahí está el truco. No precipitarse, ni en los negocios, ni en el amor. ¿Acaso no será éste del amor uno de los negocios más complejos desde que el mundo es mundo?

* Obra de Giacometti

CONTINUARÁ...


sábado, 20 de junio de 2009

UNO MÁS UNO - (Parte 2 de 10)

Marta



Esto me pasa a mí por trabajar con artistas esnob de la nueva ola. Por muchos años que llevo en la profesión no llego a acostumbrarme a los pulsos que debo echar con irrazonables directores de cine. Si debo responder del presupuesto económico de algo tan desproporcionado como el cine, no puedo caer en las redes que intentan tenderme aquellos que defienden el arte por encima de cualquier aspecto económico del que se trate. Estoy de acuerdo que el gasto monetario es necesario, y que si queremos que la película obtenga un mínimo de calidad, tal inversión debe hacerse; pero de ahí a lo que este hombre me propone media un abismo. O yo no sé lo que es el cine, o el público que se sienta en la sala, bien provisto de cocacolas y palomitas de maíz, es mucho más observador de lo que cabría esperar; pero, francamente, no creo que sus exigencias les lleven al punto de notar las diferencias visuales entre los numerosos tipos de champagne o cava que pueden consumirse en una fiesta de élite. El que logre distinguir tales variedades merece ser tenido muy, pero que muy en cuenta.

El director dice que los actores no se motivan de igual forma ante un Moët & Chandon que ante una sidra El Gaitero. Yo, para llevarle la contraria, que para algo he de ganarme el sueldo, le contesto con aquello de que si de verdad son buenos actores, y si él es tan buen director como se comenta, seguro que, entre todos, conseguirán darle toda la ceremonia que se precise. El caso es que la discusión ha sido demasiado larga para mis nervios en tensión. No es lo mismo que esto suceda el segundo día de rodaje, a que ocurra cuando ya llevamos más de medio camino recorrido. Y es que todo tiene un límite. Cada vez que el rodaje se desarrolla fuera de la localidad habitual, surgen todo tipo de problemas; y no son precisamente los burocráticos los que más me preocupan, sino los que el propio equipo hace surgir de manera implacable.

Unas de las primeras dificultades en aparecer son las relacionadas con el alojamiento en el hotel. Todo son inconvenientes. Que yo necesito ventana al exterior; que lo que yo quiero es ventana interior; que a mí no me gustan las ventanas en absoluto... Luego viene lo del baño o la ducha. Por supuesto, ni que decir tiene, que quienes plantean más exigencias son los que casi no tienen ni baño ni ducha en sus propios domicilios, pero en un hotel las cosas son diferentes, y si es producción la que paga, pues tanto mejor.

Por supuesto un rodaje no sería un rodaje si no hubiera alguna que otra relación sentimental; eso ya se sabe. Pero la cosa se complica cuando la pareja que era, pero que ya no es, se encuentra con algún elemento distorsionador que hace renacer antiguas pasiones. Y ahí estoy nuevamente yo; en los precisos momentos en que la sangre está a punto de llegar al río. Primero actúo discretamente, como esa amiga íntima con la que todos soñamos y que algunos alcanzan; o bien como una especie de madre o de amante comprensiva, según los casos. Cuando este camino no da resultado y las cosas se disparan, como en el caso que actualmente nos ocupa, tienen que actuar otro tipo de estamentos: en este caso la policía. ¡A quien se le diga que unos señores y señoras, hechos y derechos, hayan tenido que terminar en comisaría, sacando a relucir todo tipo de escándalos, por culpa de una mano que se salió de quicio, y de un puño que le respondió..! Y luego la prensa, que no sé cómo, pero se entera de todo; sus espías llegan incluso a un pueblo tan remoto como éste del Pirineo español. Bueno, Marta, tranquilidad. De sobra sabes cómo son estas cosas. Todo se olvida. Y si no, tanto mejor; dará publicidad, y eso a la productora siempre le conviene. ¡Cómo no!

La habitación que ocupo en el hotel no puede decirse que sea un remanso de paz para mí, pues mi natural desorganización no procura un clima sereno ni proporciona esa armonía de líneas tan buscada por los clásicos. Pero ¡qué se le va a hacer.! Cada vez que he intentado poner en orden mis papeles, lo único que he conseguido es volverme loca buscándolos cuando más los necesito. Y es que mi orden está fuera del convencional. Después de años de intentar adquirir unos hábitos organizativos que desplacen el continuo caos que rodea mi vida, me he dado cuenta de que la tarea es del todo inútil. Siempre tengo que invertir algo de tiempo quitando papeles, guiones o algún que otro libro, de encima de la cama. Una vez que lo hago, el colchón se amolda a mis vértebras y consigue producirme el placer del descanso. A veces pongo una música, a la vieja usanza del cine, que acompañe mis pensamientos y dé el tono adecuado a los sentimientos que éstos pueden provocar en mí; pero en muchas ocasiones opto por el silencio, dejando que mi mente discurra en total soledad por caminos insospechados. Hoy es uno de esos días, o mejor dicho, de esas noches.

Una vez resueltos los trámites de la comisaría, una vez transcurrido un tiempo prudencial para calmar los ánimos de los que se habían visto envueltos en el altercado con mejor o peor fortuna, he querido desligarme de todos mis compañeros de trabajo y recorrer el camino de mi imaginación. Al poco tiempo de estar tumbada en la cama, bajo el brillante reflejo de luna que se mete por la ventana que muy rara vez cierro, consigo evadirme de la realidad material y viajar por esa línea abierta de la propia imaginación. Hace muchos años, me hubiera gustado que la gente del espectáculo hubiera querido escuchar las ideas que, para futuras producciones, surgían en mi mente; pero para ideas ya estaban los guionistas y los directores; yo, a la producción. La verdad es que, pensándolo fríamente, quizá mi originalidad no fuera excesiva y, para no llegar a la altura de un Spielberg, ¿para qué arriesgarse? Poner los pies en la tierra al director, y ayudarle a despegar cuando es necesario, siempre han sido dos aspectos de mi trabajo que me han producido enormes satisfacciones; y con ello, mis veleidades como escritora han ido cediendo cada vez más; algo de lo que no me arrepiento. De cualquier modo, nunca he tirado definitivamente la toalla, y eso añade a mi vida una expectación que me produce una cierta y agradable emoción.

¿Cómo puede la pasión obcecar a la gente hasta el extremo de llegar a las manos? ¿Será realmente el sentimiento amoroso el que se halla en el fondo de una situación tan folletinesca? ¿No se tratará más bien de orgullos heridos, sentimientos de posesión, de un aquí estoy yo, no lo olvides? ¡Quién sabe! Lo que creo saber es que, a estas alturas de mi vida, no estoy dispuesta a dar un espectáculo por causa de una relación amorosa, o como quiera calificarse.

Amor, sexo, compañía, cariño... ¿Cuáles de estos elementos y en qué grado se encuentran en mi actual aventura? Ni siquiera me atrevo a calificarla de aventura. Tan solo sé que ahora sí, ahora me gustaría estar con Teo. Me gusta el tacto de su piel, la profundidad de su mirada, el torso limpio del que él tanto se avergüenza -si supiera lo atractivo que me resulta a mí-.

Teo es un buen hombre; nervioso, con una capacidad inmensa de trabajo, quizá un poquito egocéntrico, pero un buen hombre. Y, además, creo que le quiero. Claro que cabría preguntarse hasta qué punto. Desde que nos conocemos no hemos mantenido conversaciones excesivamente cariñosas; probablemente porque a ninguno de los dos nos gusta utilizar esos vocablos ridículos que empalagan la más seria relación. Ahora que lo pienso, ni una sola vez nos hemos dicho el consabido te quiero; ni siquiera la primera que cedimos a un impulso primitivo que nos arrastró encima de la colcha de mi cama. Al invitarle a subir a mi piso no hubo ningún tipo de premeditación; de hecho, no había ni un miserable condón en el botiquín de primeros auxilios. El hecho es que, sin ningún tipo de planteamientos, al menos por mi parte, nuestros cuerpos se ensamblaron de forma muy adecuada.

Nunca hemos vuelto a hablar de aquella primera noche. Ni siquiera nos dirigimos la palabra al día siguiente. De forma mecánica, cada uno siguió su vida y, transcurridas más de dos semanas, con total naturalidad, como si nada hubiera sucedido, decidimos encontrarnos en una fiesta. Y volvió a ocurrir, pero no en mi habitación, ni siquiera en la suya, sino en pleno campo. ¡A quien se le diga que a los cuarenta años nos revolcamos sobre la hierba! Hoy es el día que si alguien me preguntara qué tipo de vínculo mantenemos Teo y yo, no sabría qué contestarle.

* Obra de Picasso

CONTINUARÁ...



lunes, 15 de junio de 2009

UNO MÁS UNO - (Parte 1 de 10)



Teo


A veces me pregunto si no seré yo un ser de esos calificados de ordinario como masoquistas. Mis preguntas derivan de ese extraño placer que experimento al gastar mis horas bajas en la contemplación de un aparato tan heterogéneo como la televisión. Sin duda tiene que haber algo de morboso en la delectación que ofrece buscar constantes elementos de crítica a cada una de las imágenes que aparecen, misteriosamente para mí, en la pantalla de dicho aparato. Lo más desagradable de todo es constatar la falta de imaginación que reina, al menos en estos últimos años, dentro del mundo de la comunicación de masas. Sin embargo, a pesar del empobrecimiento intelectual que puede suponer el abandonarme al señuelo de la comodidad, aquí estoy, delante de ese complejo mundo de luces y sombras, sin apenas concederme un momento para el necesario pestañeo.


Está claro que hoy es mi día bajo. Varios tomos desperdigados por la mesa de mi estudio esperan mis ojos voraces ante cualquier tipo de letra que pueda llenar mis pupilas; sin embargo, y aunque el deseo me dirige en la dirección de mi estudio, permanezco impasible ante la mortecina pantalla. Esta noche, ni siquiera el sonido del teléfono me despierta de este letargo. Es verdad que siempre lanzo algún tipo de improperio ante las abundantes llamadas inoportunas, pero no es menos cierto que su afluencia me hace sentir uno de los seres más vehementemente requeridos de toda la tierra; algo que consigue asemejarme con el Presidente del Gobierno, el Dalai Lama, o hasta el mismísimo Bruce Springsteen, el boss, ¡ahí queda eso!


¿Qué me está ocurriendo? Yo no suelo portarme de una forma tan absurda. Si algo he aprendido en mi vida es a aprovechar al máximo el incierto tiempo de que dispongo. Bien, serán cosas de la edad. Probablemente haya llegado el momento de alelarme.


El repiqueteo telefónico, por inesperado, ha conseguido sacarme de mi absurda meditación. Sin embargo, la llamada que en el fondo de mi corazón anhelaba -y, aunque mi razón intentara ocultarla, ahí estaba, implacable, haciendo caso omiso a las constantes cortinas de humo que ésta lanzaba para anularla- no ha resultado la esperada. La equivocación que cada cierto tiempo invade nuestros hogares es la que acaba de llegar, a través del hilo telefónico, al santuario de mi intimidad. La voz que casi consigue despertarme de mi indolencia nocturna, preguntaba, con voz insinuante, si estaba Nerea, que Alberto quería hablar con ella. ¡Y yo qué sé si está o no la tal Nerea! ¿Acaso tengo voz de padre protector o de marido ultrajado? ¿Por qué las personas que desean establecer contacto telefónico con alguien determinado no ponen un mínimo de cuidado en marcar el número correcto? ¿Será un medio más a su alcance para ampliar el círculo de amistadas, o será mero descuido?


Decididamente hoy no es mi noche, y si por casualidad ella llamara, no estoy seguro de mostrarme lo suficientemente tolerante. ¡Quién sabe dónde se encontrará en estos momentos! Lo que no pienso tragarme es la excusa de su terrible cansancio, y que la cama reclamaba con insistencia su cuerpo. ¿No se tratará más bien del cuerpo de alguien más lozano que el mío?


Desde que la conozco no he hecho otra cosa que negarme al amor. Mis años de sucesivas experiencias, a veces realmente satisfactorias y otras no tanto, me han enseñado a tomarme las cosas con tranquilidad. Al fin y al cabo, vivir solo tiene sus ventajas, y no estoy del todo convencido de la conveniencia de cambiar nuevamente mis hábitos. Yo soy yo, y ella ya puede ir haciéndose a la idea de que no voy a transformarme por mucho que se empeñe en pedírmelo día tras día.


Pero ¿qué tonterías estoy diciendo? ¿Cuándo me lo ha pedido? Eso es lo extraño, que nunca, al menos hasta ahora, me lo ha sugerido siquiera. Y, pensándolo fríamente, está claro que eso no está dentro de las más elementales normas sociales: en el momento en que chico y chica se conocen, necesariamente se establecen las reglas que todos nos sabemos; cada uno de los elementos de la nueva sociedad intentará, utilizando los más diversos y sutiles medios a su alcance, modificar hábitos, gustos, y hasta opiniones del otro elemento. ¡Si sabré yo de eso!; al fin y al cabo, y aunque esté mal el decirlo, yo también he practicado ese deporte universal. Sin embargo, aquí estoy ahora, constatando el hecho de que semejantes reglas no parecen presentes en mi actual relación. ¿Será debido a que yo ya no soy tan chico, ni ella, por supuesto, tan lo otro?


Ni una sola vez, desde que de una extraña manera unimos nuestros deseos, ella me ha sugerido ni que trabaje menos, ni que tenga cuidado con el exceso de tabaco, ni siquiera, y eso es lo más extraño, que vivamos juntos. Por supuesto yo no aguantaría el continuo piar de sus amigos volátiles; que, por otra parte, no sé como puede permitírselo, teniendo en cuenta sus constantes desplazamientos; pero ella es así, tiene suerte hasta para eso y siempre encuentra a algún/a pringado/a que cuide de su tribu volátil cuando su inquieta cabeza de familia debe ausentarse. Tampoco ella está dispuesta a aguantar mis horas dedicadas a la música New Age, demasiado monótona, dice, para sus oídos. En fin, si no sabe disfrutar de la buena música, allá ella y su mal gusto.


No sé qué me ocurre hoy, pero hasta los sonidos más familiares me sacan de mis casillas. La campana del reloj me ha recordado que haría bien en dejarme de problemas y meterme en la cama de una vez. La campana del reloj, otra cosa que ella no aguantaría, ha conseguido sobresaltarme. Marta asegura que no necesita que nadie le recuerde el paso inexorable, dice ella, ¡será trágica!, del tiempo. No necesitará que nadie se lo recuerde, pero, sin embargo, ahí está el reloj digital que se ajusta a su muñeca, haciendo una obscena disección de los segundos más recónditos. ¡Y yo que creí que causaría su más desatado entusiasmo la posesión de un reloj de esfera perfecta, como Dios manda, que le regalé por no me acuerdo siquiera qué motivo! En fin, está visto que no deja de sorprenderme. Y yo a ella.


Mañana, cuando aparezca por mi oficina y el resto del equipo contemple las delatoras ojeras, habrá más de un comentario sarcástico, atribuyendo mi aspecto al producto de una noche de orgía y desenfreno. Pero si ellos supieran...


* Obra de Dalí

CONTINUARÁ...