viernes, 28 de mayo de 2010

Una realidad tangible (3)


LLEGADA LA NOCHE, dirigió sus pasos hacia el teatro donde había quedado representándose su última obra, de gran éxito según se había augurado desde el principio. La gira americana, que interrumpiera el contacto con la materialización de su obra, había supuesto, entre otras cosas, una especie de liberación. Durante casi un año se las había tenido que ver, día tras día, con unos papeles que no conseguían reflejar adecuadamente el alcance de sus sueños. Luego había venido todo aquello de las discusiones con empresarios teatrales, productores, actores, tramoyistas, limpiadoras, periodistas, agentes y demás calaña, que algunas veces suponían un problema añadido a su maltrecha psicología. Ahora, al regreso, quería comprobar in situ los resultados de su obra creadora.

Para ello no se le ocurrió nada mejor que acercarse a la taqu
illa del teatro. No quería abusar de su condición de autor y director de la obra en cartel, y le hacía ilusión comprar un entrada que le permitiera el acceso al local. Con esa voz socarrona que de forma instintiva le surgía cuando se dirigía a Rosario, la taquillera del Candilejas, le pidió una, si es que a aquellas alturas de la noche todavía podía hallarse algún hueco en el graderío.

-Para usted se fabrica, Sr. Padierna -rió de buena gana la mujer, excesivamente maquillada, y a punto de franquear la frontera que aún la mantenía en la cincuentena-. De todas formas, no hay necesidad de que se deje los cuartos aquí. ¿Por qué no utiliza la entrada de artistas ? -

-¿De verdad cree usted que me he ganado el derecho a entrar por ella?

Raúl Padierna era así. No acababa de creerse que se encontraba entre los hombres de letras a los que se les paga por serlo.

Una vez dentro del local, se dispuso a disfrutar de la obra, sin agriarse el carácter buscando defectos a diestro y siniestro. Pero lo cierto era que no hacía falta buscarlos, porque allí estaban ellos sin necesidad de tener que escudriñar demasiado. ¿Qué habían hecho con su obra? ¿Para tal fiasco había tenido que bregar durante todo un año en completa soledad, había luchado contra todo tipo de obstáculos entre el siguiente medio año, había despertado varias veces su maltrecha úlcera mientras duraron los ensayos, y había tenido que soportar estoicamente las angustias del maldito estreno con sus ulteriores consecuencias, puestas en la palestra por medio de diversas críticas de mejor o peor tono?

El autor, y mucho más el director, estaba realmente enfurecido. Aquellos actores y actrices que tres meses atrás celebraban los aciertos de su guía, se habían confabulado contra él y añadían morcilla tras morcilla a un texto tan cuidado como el suyo. Nada de lo que en un principio dijera había quedado indemne. El espíritu de la obra se había volatilizado y Raúl Padierna consideró seriamente que ni el paso de un huracán podría haber causado tantos destrozos sobre sus trabajados folios.

El enfado iba subiendo en tan gran escala que, poniéndose en pie, se lanzó furioso al exterior. El acomodador -que de acuerdo con su función, pero cambiando algo las tornas, se encontraba acomodado en uno de los sofás de la entrada- quiso contemporizar con el autor y, ofreciéndole un cigarrillo, le dirigió una sonrisa de satisfacción a la que unió alguna que otra palabra.
-Todo un éxito, Sr. Padierna, todo un éxito. Ya se lo decía yo.
A Raúl sólo le faltaba llorar, pero demasiado había sufrido en la vida como para que las lágrimas secas se reblandecieran precisamente ahora. Así que se conformó con lanzar una mirada llena de fuego devorador a su complaciente interlocutor, quien, no sabiendo qué hacer, se volvió al sofá que lo esperaba impasible.

¡Un éxito! Pero un éxito de quién. ¿Del autor? ¿Del director? ¿De aquel atajo de traidores que, creyendo ennoblecer el arte, se habían permitido tergiversar toda la obra? Como en tantas otras ocasiones pasadas, Raúl se acercó a Rosario, la taquillera, arrastrando consigo ese gesto de guerrero vencido tan hecho a su medida.
-¿Y qué, Rosario, qué le parece esta amputación?
-¿Qué quiere que yo le diga, Sr. Padierna? He visto la obra alguna que otra vez, y lo único que puedo decirle es que nunca es la misma. ¡Me gustaría saber cuál de ellas es la que escribió usted!
-¡Vergonzoso! Uno se ausenta durante unos momentos, y a su vuelta, ¿qué se encuentra?
-Perdone que le contradiga, pero esos momentos de los que usted habla, creo que fueron tres meses.
-¡Y eso qué importa! ¡Qué más dará un minuto más o un minuto menos!
La combinación del enfado con el humo del tabaco provocaron una pertinaz tos que congestionó el rostro del vejado autor.
-No le vendría mal seguir la moda y dejar de fumar, Sr. Padierna. Fíjese lo mal que le sienta.
-Oiga, Rosario, y digo yo ¿por qué no apea al tratamiento? Hace muchos años que nos conocemos y es que no hay forma de que me llame Raúl. ¡Con lo bonito que es mi nombre!
-Pues no sé. Supongo que son los efectos de una educación trasnochada.
-¡Venga mujer! Que mucho ha llovido en esta tierra para que usted no se decida a saltarse alguna que otra norma.

Rosario no estaba muy segura de tener la capacidad de olvidar tantos años de tratamiento, pero prometió que lo intentaría.

(...)


viernes, 21 de mayo de 2010

Una realidad tangible (2)


El recién llegado echó
un ojo a un lado y luego el otro hacia el flanco contrario para espiar la posibilidad de que los periodistas, ansiosos de noticias, estuvieran allí, al acecho, para pedirle alguna que otra opinión. Ya estaba acostumbrado. Sin embargo, la situación escandalosa de la política del país los debía tener a todos reunidos en puntos estratégicos del gobierno de la nación, porque ni un meritorio de la agencia de noticias más rastrera se acercó a solicitarle ni siquiera la hora. Por una parte le agradó la ausencia de masas para recibirlo; pero, en su fuero interno, un no sé qué de orgullo herido iba arrastrándose por sus entretelas. En fin, resultaba evidente que el viejo asuntillo de la vanidad aún no había sido completamente vencido.

Un taxista parlanchín fue el encargado de llevarle a su casa. El trayecto desde el aeropuerto a ésta estuvo plagado de comentarios sobre el mal estado de la circulación, la nefasta incidencia de la sequía, la escandalosa subida de la gasolina, y un sin fin de temas al uso. El viajero se limitaba a asentir, ante el evidente disgusto del taxista a quien parecía contrariarle mucho el hecho de que los que se sentaban a su espalda no manifestaran deseos de formular argumentos que contradijeran los suyos. Pero es que Raúl Padierna venía cansado. Ocho horas de vuelo y tres meses de conferencias quitaban las ganas de discutir al más vindicativo de los seres del planeta.

Como siempre, la llave se resistía a abrir la cerradura. ¿Por qué le tenían que ocurrir estas cosas a él? Todo el mundo era perfectamente capaz de introducir el metálico instrumento en la rendijita dentada, obteniendo con tan sencillo movimiento la esperada apertura; todos, menos él. Como una constante más de su vida, la llave se negaba a girar suavemente, retardando su entrada en el apartamento, y negándole el goce que experimentaba al arrellanarse en su cómodo sillón de tela, frente a la luz de la ventana.

El famoso inconveniente de la discrepancia horaria tuvo efectos demoledores en su cansado estado y, a los pocos minutos de entrar en el edificio, dormitaba, apoyada su oreja derecha sobre el tejido suave de su querido sillón. Cuando despertara, la tortícolis le recordaría que no era bueno cabecear sin el apoyo de un mullido colchón, pero ahora sus sueños lo llevaban por rutas menos agotadoras que su reciente gira.

Raúl Padierna era de esos hombres que en su juventud habían creído que no tendrían tiempo para nada si no se daban prisa en actuar, y a la materialización de sus sueños dedicó los primeros años de su vida. Ahora que sobrepasaba en demasía los sesenta, las cosas no le parecían tan inmediatas, y se tomaba todo con una calma que hacía desesperar a quienes manejaban el aspecto mercantil de sus correrías. Después de dormir, repuesto ya de su anterior cansancio, decidió dedicar parte de su tiempo a disfrutar de alguna que otra hora de soledad. Pero, desgraciadamente para él, el sonido del teléfono parecía dispuesto a frustrar sus planes. Menos mal que los reflejos seguían funcionándole a las mil maravillas porque, cuando iba a ceder a su impulso y ya se inclinaba para hacerse con el auricular, giró en redondo y dejó que el contestador automático cumpliera con su deber. No le apetecía interrumpir el curso de sus pensamientos. Si alguien quería hablar con él, tendría que posponer su deseo el tiempo suficiente para que Raúl se hiciera con la dosis de soledad necesaria a su subsistencia.

Cumplido el trámite del sillón, se imponía estirar las piernas fuera del domicilio. Pasear por las calles de su barrio lograba equilibrar sus contradictorios instintos gregarios y anacoretas. Cada cierto tiempo se paraba a departir con el del kiosco de prensa, con la panadera de la esquina, o bien con diversos vecinos de los que no sabía nada en lo que a su vida privada se refería, pero que derrochaban sociabilidad a raudales. Era un hecho incontestable. Raúl Padierna había regresado al hogar.


(...)


sábado, 15 de mayo de 2010

Una realidad tangible (1)


Raúl Padierna por fin pisaba tierra cristiana, como diría él, agotado de tanto ir y venir. La aventura americana había resultado excesiva para su longeva naturaleza. Todavía se preguntaba qué veían de interés en él, para que todas aquellas universidades y círculos culturales le invitaran a perorar durante un tiempo -establecido de antemano, eso sí-, sobre las más heterogéneas ideas; desde el enfrentamiento generacional, hasta las connotaciones de las ideologías políticas en la literatura, pasando por el mundo postmoderno y la elegancia de las mujeres orientales. Realmente resultaba ridículo que, simplemente por haber tenido suerte en el mundo editorial, así como en el teatro, sus opiniones fueran constantemente requeridas. Raúl Padierna estaba más que harto de tener que dar su opinión sobre cualquier tema que se presentara. El estatus de oráculo nunca había sido deseado por él, pero la vida, una vez más, le jugaba una de sus gracias, y ahí estaba el celebrado Padierna apechugando con la suerte que le había tocado en la ruleta del destino.

Durante su gira cultural había tenido ocasión de escuchar todas las variaciones que el idioma español podía ofrecer. Acentos suaves con ritmo de bolero, indolentes por efecto del calor, guturales, profundos, seseantes; parecía increíble que una misma lengua pudiera sufrir tantas y tan numerosas modificaciones. Y a todo esto, la Real Academia empeñada en dirigir los destinos del lenguaje. Claro que, en contrapartida, el pueblo llano no quería saber nada de sus indicaciones y mucho menos de tener que estar todos cortados por el mismo patrón, así que si la Real Academia no les tenía en cuenta a ellos, pues... peor para la Academia.

Todo hay que decirlo, el salto que diera Raúl Padierna a la zona anglófila de tan vasto continente le había ofrecido una nueva variedad de acentos españoles y, en su opinión, poca palabra inglesa. Diera la impresión de que la pureza de la raza sajona se encontrara en uno de sus estadios de mayor peligro y, a aquellas alturas del siglo XXI, no tener algún ancestro hispánico se veía como algo inusual. Para Raúl Padierna, defensor de los valores latinos, la derrota del Albión en sus secuelas americanas era algo digno de ser celebrado.

Desde luego que el paso del tiempo podía deparar cosas buenas y otras menos buenas, por no llamarlas simplemente malas. Por ejemplo, y en otro orden de cosas, ahí estaba el asunto de los aviones. Era indiscutible para el bueno de Padierna que lo de esos mecanismos alados ya no tenía la gracia de antes. En tiempos pasados, pero no tan lejanos como más de uno pudiera suponer, resultaba extremadamente placentero aquello de ir bajando suavemente las escalerillas que se adosaban a la puerta del aeroplano y, así, emular al tan preciado invento, aterrizando poco a poco, peldaño a peldaño, hasta lograr pisar la tierra deseada. Ahora, de todo eso no quedaba nada, y las famosas escalerillas que viajaban durante todo el día a lo largo del aeropuerto, habían sido reemplazadas por hoscos y aburridos túneles que alejaban al pasajero de cualquier contacto directo con la pista.

Una vez que el avión tomara tierra y que los pasajeros fueran debidamente desembarcados, Raúl Padierna debía enfrentarse al numerito de las maletas. Cuando se pudo hacer con las dos que llevaba, quedó gratamente sorprendido al comprobar que, por una vez, éstas llegaban con él al mismo aeropuerto. Sin duda se había vencido todo un desafío: que la organización funcionara con él, pues una de las constantes de sus numerosos viajes había sido la ineludible pérdida del equipaje. Para el itinerante Raúl, tales desapariciones suponían un misterio que todavía no había conseguido desentrañar. Cuando hablaba con otros asiduos clientes de compañías aéreas, ninguno de ellos admitía haber tenido la experiencia repetida que sufría él. ¿Se trataría, pues, de algo exclusivamente personal? Fuera como fuera, el hecho es que ya se había acostumbrado a las constantes desapariciones, y era algo sabido que, cada vez que debía embarcarse en un nuevo monstruo de las alturas, Raúl Padierna preparaba dos maletas con contenidos parejos en previsión de posibles percances.

(...)


viernes, 9 de abril de 2010

"The Noticer": un hermoso regalo

Soy una persona que, a la luz de múltiples experiencias vividas que confirman esta idea, no creo que existan las casualidades, sino que todo obedece a razones. Y en esta Semana Santa volvió a demostrarse una vez más este principio en mi vida. ¿En qué manera? En la forma de un bello regalo. Alguien me hizo llegar un libro que, sin duda alguna, necesitaba leer. El libro se titula "THE NOTICER", escrito por Andy Andrews, y me gustaría hablar aquí de él.

Curiosamente, al preguntarme quien me lo envió si lo aceptaba o lo rechazaba, una vez aceptado por mí y estando a la espera de su recepción, nos dimos una vuelta mi marido y yo por una librería (¡cómo no!), y allí vimos muchos ejemplares del mismo.

Al día siguiente o a los dos días, llegó el ansiado regalo. En la librería decidí no entretenerme con él; al fin y al cabo había aceptado que alguien me lo hiciera llegar y pensé que era mejor esperar al momento de su recepción.

Cuando llegó a casa, antes de leer la portada, la contraportada, las opiniones de todo el mundo y demás, decidí iniciar el primer capítulo y ver qué me sugería a mí. Y lo que me sugirió fue belleza llena de sabiduría. ¡Me gustó tanto el inicio del libro! Me fascinó la maestría del autor para aunar lo que podría denominarse como libro de autoayuda, con una extraordinaria forma de relatar conectada con la verdadera literatura. Tanto es así que le dije a mí marido si podía leer el inicio y decirme qué pensaba de él. Bueno, aunque me lo dijo luego con palabras, realmente fue muy explícito con su acción; empezó a leer.... y siguió leyendo... y siguió leyendo. ¿Hace falta alguna explicación más?

No sé realmente por qué el título del libro no ha sido traducido, aunque puedo imaginarlo (de hecho he visto por ahí alguna traducción que no le hace justicia al contenido real del libro). De cualquier manera, pienso que es un error, puesto que al ver este título uno piensa inmediatamente que está escrito en inglés y, por tanto, muchos puede que lo descarten si no han oído antes hablar de él. Es verdad que justo debajo del título, unas frases en español nos pueden alejar del error, pero para eso hay que ponerse a leerlas, y quien sencillamente echa un ojillo por encima de las mesas donde se exhiben las últimas novedades puede que no se detenga a tanto.

El título, "The Noticer", no alude a lo que un hablante de lengua española podría entender como una gran noticia en el periódico, etc., etc. Nada de eso; nos habla de algo mucho más profundo y difícil de explicar; de hecho, puede que sea ésta la razón de no haberlo traducido: la dificultad para encontrar una sola palabra adecuada en nuestro idioma. The Noticer alude a alguien que es capaz de percibir y desentrañar más cosas de las que en principio pueden verse; the noticer es el que "nota", el que "percibe" otras formas de entender las situaciones. Por ejemplo, podemos encontrarnos con alguien que se muestra muy distante y extraer de ello nosotros la conclusión de que se trata de una persona orgullosa y prepotente; sin embargo, aquel que es capaz de percibir más allá de lo aparente, puede darse cuenta del miedo que tiene esta persona a ser rechazada, a no responder a las expectativas, etc., y que es ese miedo el que le hace poner una barrera que puede ser muy malinterpretada por quienes se acerquen a él.

Y de eso trata The Noticer, de alguien que es capaz de percibir, de desentrañar varios puntos de vista aprendiendo de ellos y, por tanto, de modificar situaciones. En definitiva viene a contestar a esa máxima que nos dice que si nos encontramos siempre con los mismos problemas sin solución, puede que sea, entre otros factores, porque seguimos encarándolos de la misma manera en vez de verlos bajo otra perspectiva que nos permita modificar y solucionar.

El libro, en mi opinión, merece la pena. Es una lectura fácil y corta, pero que puede alargarse y profundizarse a la manera de otros libros en apariencia pequeños pero cuyas enseñanzas no paran de sorprendernos cada vez que los leemos, como son "El Principito", de Antoine de Saint- Exupèry, o bien "Juan Salvador Gaviota" de Richard Bach.

Si el lector, además de disfrutar, quiere ponerse a trabajar en los principios que plantea el libro, haría bien en ir a las últimas páginas en las que bajo el epígrafe "Guía de lectura de The Noticer", se trabaja cada capítulo con preguntas dirigidas a uno mismo con la intención de valorar nuestras acciones bajo una nueva perspectiva que nos permita cambios positivos en nuestra vida.

El libro ha sido editado en España por la Editorial Luciérnaga. Además,los que estéis interesados en este libro podréis encontrar una páginaweb llamada "The Noticer Project", en la que se plantea una especie de juego seguido por múltiples lectores, a fin de dilucidar quiénes han sido las cinco personas que más han influido en la vida de cada uno y rescatar de esos recuerdos múltiples enseñanzas. Añado un enlace más para aquellos que deseen seguir con el tema y que se relaciona con Facebook en español.


Gracias, Juan S., por tu regalo; me ha resultado de mucha utilidad.

martes, 15 de diciembre de 2009

Quiénes somos los seres humanos - 1


“Muy pocos niños de la edad de nuestro salvaje se encuentran tan desprovistos de conocimientos; y puede decirse que en todo lo que no se relaciona con su vida y su bienestar, se halla en la más profunda estupidez. Si no fuera por su figura humana, ¿qué lo distinguiría del simio? Los apetitos naturales ocupan toda su existencia. Es realmente un puro animal limitado a las simples sensaciones físicas; no posee nada más allí; ¡qué inmensas barreras le separan de nosotros, qué camino le queda todavía por recorrer!” Estas palabras que Virey1 añade al informe de Bonnaterre sobre Víctor del Aveyron ponen el dedo en la llaga de un gran debate que ha sostenido la humanidad a través de los siglos y que, de alguna manera, aunque mucho más adormecida, todavía sostiene. ¿Qué es el ser humano? ¿Cuáles son las características que lo diferencian de las demás especies?

En mi época de estudiante se nos decía que el ser humano era un animal racional, mientras que el resto no eran más que animales irracionales. Es decir, se hacía total hincapié en la importancia del uso de la razón. Más adelante veremos un poco más en profundidad este asunto de la razón y de cómo es utilizada por los niños salvajes, pero ahora sigamos avanzando en las supuestas diferencias de nuestra especie con respecto del resto de seres vivos de nuestro planeta.

No sólo en la razón parecen observarse diferencias sino también en un rasgo físico que nos llena de orgullo: los seres humanos somos bípedos y caminamos erectos. No estaría yo tan segura de que este rasgo nos diferenciara tanto. Al fin y al cabo ahí están las avestruces, sin ir más lejos, que son bípedas, aunque no parece que caminen totalmente erectas, eso sí. Pero tampoco pretendo competir con quienes han dedicado su vida a este estudio y han decidido establecer criterios diferenciadores; lo único que deseo es hacer ver que a veces nos sometemos a tantas divisiones y subdivisiones, y a tanta y tanta terminología, que nos encerramos excesivamente en unos estrechos puntos de vista que no nos permiten avanzar en el verdadero conocimiento.

La posición erecta se considera la natural en el ser humano, pero no podemos olvidar la dificultad que entraña lograr la marcha sobre ambas piernas. Si observamos el aprendizaje de nuestros niños cuando intentan dar sus primeros pasos, comprobaremos la enorme dificultad que entraña esta tarea. En los niños salvajes, criados fuera de un entorno humano, no resulta descabellado pensar que su posición obedezca a la imitación con respecto a los animales con los que puedan convivir o bien a ese primer instinto en todo niño que le lleva a gatear y no a ponerse de pie. Sánchez Ferlosio, en los comentarios a los informes de Itard2, cuenta que Kamala, criada entre lobos, tardó al menos tres años en aprender a caminar sobre sus dos piernas, y que además nunca lo hizo del todo bien.

Pero no sólo nos hace singulares esta forma de caminar, al menos entre los primates, sino que además el ser humano posee un misterioso instrumento que se considera absolutamente propio: el lenguaje articulado. Claro que esta característica tampoco sería definitoria pues actualmente se están haciendo enormes progresos en el lenguaje de los simios. A esto puede oponerse el que estos simios “aprenden” el lenguaje pero que no lo crean; sin embargo, también podría decirse que lo que aprenden es “nuestro lenguaje” y no el suyo propio. Como curiosidad, no estaría de más mencionar los misteriosos cantos de las ballenas que, de acuerdo con los estudios realizados hasta ahora, cambian de tiempo en tiempo viniendo a significar cosas distintas. ¿Podemos seguir asegurando que el lenguaje sea totalmente humano? El inglés, el francés, el español, sí lo son; pero ¿son estos los únicos lenguajes?

Y así, cada cierto tiempo aparecen unos seres a los que llamamos “salvajes” que hacen temblar los cimientos en los que basamos nuestra esencia. Muchos de ellos parecen no razonar, algunos caminan a cuatro patas y para colmo no hablan. ¿Son por eso inhumanos? El que no razonasen de acuerdo con nuestra cultura no quiere decir que no lo hicieran. Que hubieran aprendido a caminar a cuatro patas, tampoco demuestra mucho; al fin y al cabo ya hemos visto que a nuestros pequeños hay que forzarles para que se pongan sobre sus dos piernas, cosa que hacen con mucha inseguridad, no lo olvidemos. Y por último, el asunto del lenguaje; si nunca habían oído hablar a nadie y si no tenían a nadie que compartiera un mismo sistema de comunicación, ¿cómo podían desarrollar esta facultad?

El hombre siente la necesidad de encontrar respuestas a unas preguntas fundamentales: quién soy, de dónde vengo y adónde voy. A partir de ahí busca su lugar en el universo y, creo que desgraciadamente, lo hace de manera jerárquica; es decir, asignando una mayor preeminencia a unos seres sobre los otros. Y ya que es él quien escribe su propia historia, decide situarse en el más alto escalón de toda esa jerarquía. Pero ¿es necesaria la búsqueda de ese lugar? A lo mejor ése es el gran pecado de la humanidad: la vanidad. ¿Por qué tiene que importarnos tanto ser más o menos? Lo realmente importante es ser, y con la mayor dignidad posible.


1 Los textos de Virey pertenecen al libro de Harlan Lane, El niño salvaje del Aveyron, publicados por Alianza Editorial en 1984.

2 Itard, Jean: Víctor de l’Aveyron, con comentarios de Rafael Sánchez Ferlosio. Alianza Editorial, Madrid, 1982.




lunes, 7 de diciembre de 2009

¡¡¡Gracias, Gata Coqueta!!!


Mi querida amiga,
GATA COQUETA, desde su blog "La Gata Coqueta", me ha hecho un precioso regalo lleno de todo su afecto. Se trata de la publicación en su blog de un art,ículo sobre un libro escrito por mí hace tiempo y que le había regalado para que lo leyera en algún momento si le apetecía. Y no sólo lo leyó, sino que le gustó, así me lo hizo saber, y además decidió hablar del mismo en su blog. ¡¡¡Gracias, linda amiga!!!

El título del artículo ya es para agradecerlo; si pincháis en él podréis acceder al mismo: "Un libro en blanco es de necios, cubierto de letras de sabios. La Gata Coqueta".




lunes, 30 de noviembre de 2009

Tres Casos en Particular: 3 - Genie

Genie

Aunque su nombre verdadero no es Genie, es así como podemos conocerla, salvaguardando así tanto su propia intimidad como la de sus familiares. La historia que nos ocupa se remonta al año 1970 cuando el caso de Genie salió a la luz pública. Cualquiera diría que se trataba de un guión de cine, pero desgraciadamente no era así sino que constituía un hecho real. Genie, una niña entonces de 13 años, había sido confinada en una habitación durante casi toda su vida. Este descubrimiento se hizo en Los Ángeles (Estados Unidos) y si fue posible hacerlo, la causa tenemos que encontrarla nuevamente en la violencia. Parece que tras una violenta discusión con su marido, la madre de Genie, una mujer con graves problemas visuales, tuvo que solicitar la ayuda de asistentes sociales. Y así se descubrió todo. Podemos imaginar la sorpresa de quienes atendieron a esta muchachita que a sus trece años aún usaba pañales, andaba con extraordinaria dificultad y no sabía hablar.

Si la historia hasta aquí no fuera lo suficientemente espeluznante, a medida que se hicieron más averiguaciones el horror alcanzó mayor importancia. La niña había sido mantenida en completo aislamiento en una habitación, sentada en una silla que hacía las veces de orinal y sin recibir ni calor humano ni lenguaje que acompañara su soledad; según relató ella misma mucho más adelante, tenía que estar en completo silencio pues al menor ruido su padre la pegaba sin contemplaciones.


Las causas que la habrían llevado a tal confinamiento no están claras. El padre, antes de responder a la justicia, decidió quitarse él mismo la vida y dejar una nota diciendo que el mundo no comprendería. Y es verdad, el mundo no puede comprender cómo se pueden llegar a tales extremos.

Algunos piensan que la niña era retrasada de nacimiento y que por ese motivo se la mantuvo alejada de la sociedad (como si eso pudiera constituir una justificación); sin embargo, también se especula con la posibilidad de que Genie no fuera bien recibida por su padre que deseaba monopolizar a la esposa. Para venir a añadir más dudas sobre el asunto, según algunas informaciones se dice que existieron dos hermanitos anteriores a Genie que murieron prematuramente, y que un tercero vivió con su abuela por un tiempo hasta que ésta murió y hubo de regresar con sus padres naturales. Genie, la cuarta hija, tuvo que soportar la dura prueba del aislamiento. Puede que la verdad se encuentre en el proceso judicial que se siguió, o puede que no, pues tengo que admitir que no he tenido acceso a esas fuentes. De cualquier manera, sean cuales sean las causas, lo cierto es que nos encontramos en pleno siglo XX, con una niña que reúne todas las características de los llamados “niños salvajes”.

A partir del momento de su descubrimiento, todo el mundo estaba ávido de conocer cuáles eran las capacidades de la niña y si ésta podría ser o no recuperable para la sociedad. Aun con el conocimiento de los supuestos errores cometidos por quienes nos habían precedido en este tipo de situaciones, da mucha pena decir que volvieron a cometerse exactamente los mismos. Como dice el refrán, el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Yo no sé si es el único, pero lo que sí está claro es que tropieza no dos, sino múltiples veces, y lo que sucedió con Genie tras la larga serie de descubrimientos de niños salvajes es un dramático recordatorio de este refrán.

Psicólogos, psiquiatras, lingüistas, educadores, todo el mundo apareció a la ayuda de la niña. ¿Ayuda he dicho? Ojalá fuera así, pero, aunque no voy a entrar en consideraciones sobre los motivos que cada uno tenía (pues eso nadie, ni los mismos protagonistas muy probablemente, puede conocerlos con seguridad), lo que parece muy claro es que no se ofreció una ayuda del todo conveniente. Sí, por supuesto que muchas personas tuvieron buenas intenciones (no creo que todas, pero sí algunas); pero las buenas intenciones no son suficientes. Quizá había demasiadas personas encargadas de decidir cuáles serían los pasos a dar y eso hizo que todo adquiriera más los tintes de un concurso a ganar que de una realidad humana que superar.

Genie fue pasando de mano en mano. Hasta estuvo adoptada por un matrimonio compuesto por uno de los psicólogos que la trataba y por su mujer, especializada en el desarrollo humano. Pero para la administración (vamos a llamar así a cualquier institución que se hace cargo del programa o proyecto, pues eso es lo que era Genie para ellos, un “proyecto”) no estaba satisfecha con los resultados obtenidos ni con la forma de presentarlos. Nadie quería a un Víctor del Aveyron, sino que se estaba a la búsqueda de una nueva Helen Keller. Genie se convirtió en una presa por la que todos se debatían pero probablemente por no demasiado loables motivos.

Si las cosas ya no iban lo suficientemente mal, otro asunto vino a complicarlas aún más. La madre de Genie, declarada inocente de abusos cometidos contra su hija, reclamó la custodia de la ya entonces jovencita. Quien no había sido capaz de cuidarla cuando más lo necesitaba, podía hacerlo ahora en opinión de los tribunales. Genie pasó a vivir, por espacio muy breve, con su madre; pero claro, convivir con una joven de sus características no podía ser tarea fácil, así que nuevamente pasó por otros “hogares” hasta el que ocupa en la actualidad, una casa para adultos que no pueden valerse por sí mismos.


Los abogados de la madre (no sé si para conseguir notoriedad o por creer realmente que defendían algo justo) iniciaron un proceso contra las instituciones científicas, alegando que habían valorado más los estudios científicos que el bienestar de la niña y reclamando las compensaciones oportunas. Ante esta petición de compensaciones econímicas, uno tiene que plantearse otra vez si más que le interés de la joven, no se valoraría en exceso el puro y duro asunto económico; da la impresión de que todo el mundo quería obtener algo: prestigio, renombre, dinero... ¿Y Genie? ¿Qué pasaba con ella, con sus propios intereses?

El dinero para su readaptación cesó y todos aquellos logros que la “niña salvaje” había ido consiguiendo con mucho esfuerzo fueron desapareciendo sin piedad, lo que lleva a pensar que las compensaciones pretendidas no se lograron porque probablemente ni siquiera estaban en el punto de mira.

Recuerdo una película titulada Charly, basada en la novela de Daniel Keyes, "Flores para Algernon", en la que se cuenta una historia que nos puede servir para valorar ésta de Genie. Charly, un deficiente mental, con la ayuda de un tratamiento recientemente descubierto puede salir de ese estado y desarrollar toda su inteligencia. Se trataba de un experimento con muy buenas perspectivas; pero -siempre hay un pero- los efectos del tratamiento no eran duraderos y así, poco a poco, Charly se retrotrae a su origen. Lo dramático es que en un principio lo va haciendo de manera consciente. ¿Alguien puede no darse cuenta de los parecidos entre estas dos historias?

* * * *

A diferencia de Tarzán o de Mowgli, seres extraordinarios que fomentan nuestro sentido del romanticismo, a estos niños nuestra civilización sólo les tiene reservado un segundo abandono si no demuestran que son superdotados según los propios esquemas dictados por nuestra sociedad. Disfrutamos mucho más con unos personajes de leyenda que conviviendo con los seres limitados de la realidad. Creo que es hora de que todas esas personas abandonadas reciban al menos nuestro mayor respeto y reconocimiento. Respeto por quienes son; reconocimiento por la ayuda que nos han prestado pues, gracias a mostrarse de una manera tan genuina, se ha podido reconsiderar la educación de sordomudos, deficientes o autistas. Los errores cometidos con ellos han abierto muchos caminos a nuevas enseñanzas. Ya es hora de que no sólo agradezcamos el esfuerzo de quienes con sus observaciones ampliaron las posibilidades de progreso humano a quienes las tenían limitadas, sino que volvamos nuestros ojos también a quienes se sometieron a tales observaciones.