viernes, 18 de junio de 2010

Una realidad tangible (6)

-Tú, al menos, tienes la experiencia de saber lo que es tener a un ser amado esperándote en casa.
-
¿Quién te asegura a ti que no era yo el que esperaba?
-
¿En los tres matrimonios?
-
¡En los tres! -respondió el maestro de éxito teatral con una aprendida dosis de resignación.
-
Está visto que no supiste escoger.
-
¡Desde luego!
La noche se derramaba como el alcohol por las gargantas de la pareja, y la conversación parecía no languidecer. Raúl Padierna estaba muy interesado en la vida de aquella mujer a la que durante tantos años sólo había visto despachar entradas e intentar cuadrar las cuentas, algo que, según contaban por ahí, no le salía demasiado bien. No podía dejar de someterla a ciertos tópicos y, de acuerdo con ellos, había imaginado la vida de Rosario, como la de la eterna solterona sin ninguna aventura amorosa que salvara de la rutina la estrechez de su vida. Pero se equivocaba.

Es verdad; ella
no se había casado tres veces, como él. Una en Madrid, otra en Lisboa, y otra, cediendo a los gustos exóticos de la tercera mujer que se llevaba honradamente a la cama, en Lahore. Por supuesto que sobre su cama se habían tumbado más cuerpos, pero ésos no pudieron alcanzar el calificativo de legales. Rosario Malpica, sin embargo, había experimentado el amor en más ocasiones de las que su acompañante de aquella noche podía haber imaginado. Claro que una cosa era disfrutar del sentimiento y otra muy distinta asistir a su realización. Para hacer honor a la verdad, el segundo caso se había dado en muy contadas ocasiones: exactamente dos. La primera tuvo lugar cuando ella contaba veinte años. Para la segunda debieron transcurrir bastantes años más, y a los cuarenta cedió nuevamente a los impulsos primaverales.

Rosario
Malpica estaba decidida a hablar. Para ello no tuvo más que beberse otra copa, después de las dos primeras, y echar un vistazo al ambiente que los rodeaba. Por el flanco derecho, parejas enroscadas besuqueándose con escaso rubor. Por el izquierdo, más parejas enroscadas. Al frente, y como para dar un toque de contraste, un grupo de mujeres solas que, probablemente, suspiraba por estrechar los brazos del otro grupo de hombres solos que se encontraban en el otro extremo y que les dirigían miradas libidinosas sin que, ni ellos ni ellas, lanzaran una pierna delante de la otra y se decidieran a cambiar el ritmo de la noche. Ante tal espectáculo, la lengua de Rosario se desató, provocando el agrado de su pareja nocturna. Y es que, después de tres meses de tener que hablar con todo el que le circundara sobre cualquier tema imaginable, escuchar la voz de la taquillera constituía todo un placer. Ésta le contó su vida con la habilidad de una gran novelista. En cada pasaje de la misma incluía algún nuevo matiz; unos capítulos resultaban más propicios para el humor, otros para la melancolía, otros incitaban más a la reflexión; y cualquiera de ellos mantenía el interés de Raúl Padierna.

Rosario le habló de la escasa vistosidad de su cuerpo, no sólo de la cintura, piernas o precisos atributos femeninos, sino de su rostro. Ella nunca había sido guapa, y no era la única en
considerarse falta de atractivo pues, para certificar su opinión, nadie ponía los ojos en ella. De todas formas eso no le impidió dar rienda suelta a su imaginación y verse correspondida en sus afectos por todo muchacho en el que ponía ella sus núbiles ojos. Eso sí, para que algún elemento del sexo contrario respondiera de forma efectiva a sus reclamos hubieron de transcurrir veinte años desde su nacimiento. Y como recordaba ahora, entre sorbo y sorbo de vino rojo como la sangre, fue bonito mientras duró; claro que no le hubiera importado nada que la materialización de su aventura amorosa se prolongara un poquito más de lo que lo hizo aquella primera. En fin, ¡qué se le iba a hacer!

Entre desengaño y desengaño, su padre, que tenía un amigo, que a su vez tenía otro amigo bien relacionado en el Candilejas, consiguieron entre unos y otros un puesto con el que podría ganarse la vida la joven Rosario. Y ya que los príncipes escaseaban, y los azules muchísimo más, se dedicó a la honrada empresa de ganarse las habichuelas día tras día, despachando las entradas que conducían a mundos mágicos, si no más bonitos que el suyo real, al menos distintos.

(...)


viernes, 11 de junio de 2010

Una realidad tangible (5)


-¿Y tú eres de aquí, Rosario?
-Sí. Soy uno de esos raros especímenes que escasean en la capital. Yo nací en el Foro.
-Pues eso debe imprimir carácter. Yo no tengo la experiencia de la patria propia.
-Para serte sincera, Raúl, ése es un tema que nunca me ha interesado.

Rosario recalcó bien el tuteo, así como el nombre propio. Ya antes de salir de su eterno cuchitril se había pertrechado con sus armas de matar, y no estaba dispuesta a desfallecer ahora.

Raúl dudaba. No sabía si lo más conveniente era hablar de él, o bien interesarse por la vida de ella, pues ambas estrategias encerraban sus propios riesgos; si se decidía por lo primero, podría ser considerado como un inveterado ególatra, algo que no ayudaría mucho al engrandecimiento de su buena imagen; pero si, por el contrario, se decidía a internarse por los caminos que le condujeran a la vida privada de su compañera, su simple interés podría tergiversarse y terminar siendo considerado como una vergonzosa intrusión en zona prohibida.

En estas dudas estaba cuando Rosario decidió entrar al quite. Desde luego que ella estaba dispuesta a no perder la oportunidad que se le ofrecía de disfrutar con la compañía de un hombre como Raúl Padierna.
-¿Y es cierto eso de que actualmente vives solo?
La pregunta, así, de sopetón, dejó a Raúl sin posibilidad de respuesta. Apenas reconocía a la taquillera del Candilejas. Parecía mentira lo que podía conseguirse con un simple cambio de escenario. Si no conseguía otra cosa, al menos se llevaría nuevas ideas teatrales de aquella noche. Cuando la inventiva se le resistiera, cambiaría a sus personajes de escenario, y seguro que la intensidad de la historia resurgiría nuevamente.
-Pues sí. Ya ves. Vivo solo. ¿Y tú?
-¿Y eso por qué?
-¿Cómo que por qué?
-Que por qué vives solo.
-Pero bueno, Rosario, ¿es que tú no contestas a las preguntas que te hacen?
-Pues según me convenga. Pero es que yo pregunté primero.
-¡Ah! Eso es muy cierto, muy cierto.
-¿Y bien?
-¿Bien qué?
-Lo de la soledad. ¿Por qué?
-Francamente, ni yo mismo lo sé. Supongo que derroché demasiadas ilusiones.
-Probablemente lo que ocurra es que tres matrimonios sean demasiados.
-Quizás.
-Y ninguno, demasiado poco -reflexionó Rosario en voz alta.
-¿Nunca te casaste?
- No.
-¿Y por qué?
Rosario se quedó mirando el color del escaso vino que quedaba en su vaso. La respuesta exigía la suficiente elaboración para no ser considerada por su acompañante como la resignada solterona, ni la diablesa rompecorazones que, ¡para qué engañarse!, nunca había sido.
-Pues, la verdad, yo tampoco tengo respuesta.

Si se habían decidido por el camino de las confidencias, se hacía evidente que estaba resultando un completo fracaso. Ninguno de los dos daba respuestas. Y lo más grave no era el que no quisieran darlas, sino algo mucho más patético, que no conseguían encontrar las razones, por más que rebuscaban en su interior. Quién podía saber el porqué de las cosas; éstas simplemente eran y, se pusiera uno como se pusiera, se hacían inamovibles.


(...)



viernes, 4 de junio de 2010

Una realidad tangible (4)


La taquillera del Candilejas llevaba allí casi tanto tiempo como los cimientos del teatro. Nunca había tenido otra ocupación que aquella, y su ambiente laboral se reducía a un pequeño cuchitril y un muchísimo más reducido cuadrilátero de vidrio que la ponía en contacto con el público. Cuando quería ampliar el escenario de su actuación, se introducía en el patio de butacas, y allí, en un rincón, se dejaba ensoñar por los mil y un problemas que actores, mejores y peores, se dedicaban a exhibir ante un público ávido de emociones.
-¿Y tú no te aburres de estar aquí todos los días, Rosario?
-Pues a veces sí, y a veces no. Pero es que no consigo vencer la costumbre de comer todos los días, y como no tengo ningún tío rico en América, pues ya ve, Sr. Padierna..., quiero decir, Raúl...
-¿Y nunca has pensado en cambiar de trabajo?
-Tanto como cambiar de trabajo no, pero sí en cambiar de situación. La idea que yo tenía es que alguno de esos actores guapísimos se fijaría en mí y me pondría piso; pero ya ves, yo creo que ni se han enterado de mi existencia, porque si no, es que no se comprende, ya que con mi planta...
Padierna admiraba el humor de aquella mujer ajada que sabía sonreír a la vida.
-Eso te pasa por pensar en actores guaperas. Tenías que haberte conformado con algún viejo director. Todavía estás a tiempo, mujer. Inténtalo. Te ofrezco la oportunidad de conquistarme.
Rosario no pudo contener una carcajada que lanzó sin ningún tipo de recato. Ni él ni ella sabían la verdad que podían encerrar las palabras antes dichas, pero la posibilidad de tomar una copa fuera del Candilejas no era una idea del todo mala. Los dos cogidos del brazo, como las parejas de las películas antiguas, salieron a respirar el aire de la noche madrileña.


Raúl Padierna había acudido muchas veces a lo largo de su vida al Candilejas, unas veces lo había hecho como simple espectador, mientras que en otras ocasiones se había establecido una intensa relación laboral. Y qué decir de Rosario Malpica. Ella también lo frecuentaba. En realidad lo de ella había sido una relación mucho más frecuente, aunque nadie podría asegurar si más intensa. Sin embargo, en el espacio que ocupaban aquellos años, ninguno de los dos había salido nunca a tomar una copa juntos. Por supuesto un encuentro semejante era del todo impensable. ¿A quién se le podría ocurrir que un autor de éxito pusiera sus ojos en una humilde taquillera? El efecto contrario, aunque fuera sólo en la imaginación, sí que se daba, la experiencia lo demostraba, pero una cosa era el deseo, y otra muy distinta que éste se hiciera real.

Los años, los desengaños y sabe Dios qué otras zarangainas habían obrado para que Raúl Padierna se insinuara. La verdad es que ni siquiera se había insinuado, lo único que había hecho era abrir un poquito más la puerta de su intimidad y lanzar algo así como un reto al que la coquetería que la señorita Malpica albergaba en un extremo oblicuo de su corazón no tardó en responder. A sus años, ya poco le importaban los convencionalismos; lo único que quería era disfrutar de algo, y había que admitir que, por mucho que rondara los setenta, el tal Padierna seguía teniendo una distinción que no conseguía aplacarse.

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viernes, 28 de mayo de 2010

Una realidad tangible (3)


LLEGADA LA NOCHE, dirigió sus pasos hacia el teatro donde había quedado representándose su última obra, de gran éxito según se había augurado desde el principio. La gira americana, que interrumpiera el contacto con la materialización de su obra, había supuesto, entre otras cosas, una especie de liberación. Durante casi un año se las había tenido que ver, día tras día, con unos papeles que no conseguían reflejar adecuadamente el alcance de sus sueños. Luego había venido todo aquello de las discusiones con empresarios teatrales, productores, actores, tramoyistas, limpiadoras, periodistas, agentes y demás calaña, que algunas veces suponían un problema añadido a su maltrecha psicología. Ahora, al regreso, quería comprobar in situ los resultados de su obra creadora.

Para ello no se le ocurrió nada mejor que acercarse a la taqu
illa del teatro. No quería abusar de su condición de autor y director de la obra en cartel, y le hacía ilusión comprar un entrada que le permitiera el acceso al local. Con esa voz socarrona que de forma instintiva le surgía cuando se dirigía a Rosario, la taquillera del Candilejas, le pidió una, si es que a aquellas alturas de la noche todavía podía hallarse algún hueco en el graderío.

-Para usted se fabrica, Sr. Padierna -rió de buena gana la mujer, excesivamente maquillada, y a punto de franquear la frontera que aún la mantenía en la cincuentena-. De todas formas, no hay necesidad de que se deje los cuartos aquí. ¿Por qué no utiliza la entrada de artistas ? -

-¿De verdad cree usted que me he ganado el derecho a entrar por ella?

Raúl Padierna era así. No acababa de creerse que se encontraba entre los hombres de letras a los que se les paga por serlo.

Una vez dentro del local, se dispuso a disfrutar de la obra, sin agriarse el carácter buscando defectos a diestro y siniestro. Pero lo cierto era que no hacía falta buscarlos, porque allí estaban ellos sin necesidad de tener que escudriñar demasiado. ¿Qué habían hecho con su obra? ¿Para tal fiasco había tenido que bregar durante todo un año en completa soledad, había luchado contra todo tipo de obstáculos entre el siguiente medio año, había despertado varias veces su maltrecha úlcera mientras duraron los ensayos, y había tenido que soportar estoicamente las angustias del maldito estreno con sus ulteriores consecuencias, puestas en la palestra por medio de diversas críticas de mejor o peor tono?

El autor, y mucho más el director, estaba realmente enfurecido. Aquellos actores y actrices que tres meses atrás celebraban los aciertos de su guía, se habían confabulado contra él y añadían morcilla tras morcilla a un texto tan cuidado como el suyo. Nada de lo que en un principio dijera había quedado indemne. El espíritu de la obra se había volatilizado y Raúl Padierna consideró seriamente que ni el paso de un huracán podría haber causado tantos destrozos sobre sus trabajados folios.

El enfado iba subiendo en tan gran escala que, poniéndose en pie, se lanzó furioso al exterior. El acomodador -que de acuerdo con su función, pero cambiando algo las tornas, se encontraba acomodado en uno de los sofás de la entrada- quiso contemporizar con el autor y, ofreciéndole un cigarrillo, le dirigió una sonrisa de satisfacción a la que unió alguna que otra palabra.
-Todo un éxito, Sr. Padierna, todo un éxito. Ya se lo decía yo.
A Raúl sólo le faltaba llorar, pero demasiado había sufrido en la vida como para que las lágrimas secas se reblandecieran precisamente ahora. Así que se conformó con lanzar una mirada llena de fuego devorador a su complaciente interlocutor, quien, no sabiendo qué hacer, se volvió al sofá que lo esperaba impasible.

¡Un éxito! Pero un éxito de quién. ¿Del autor? ¿Del director? ¿De aquel atajo de traidores que, creyendo ennoblecer el arte, se habían permitido tergiversar toda la obra? Como en tantas otras ocasiones pasadas, Raúl se acercó a Rosario, la taquillera, arrastrando consigo ese gesto de guerrero vencido tan hecho a su medida.
-¿Y qué, Rosario, qué le parece esta amputación?
-¿Qué quiere que yo le diga, Sr. Padierna? He visto la obra alguna que otra vez, y lo único que puedo decirle es que nunca es la misma. ¡Me gustaría saber cuál de ellas es la que escribió usted!
-¡Vergonzoso! Uno se ausenta durante unos momentos, y a su vuelta, ¿qué se encuentra?
-Perdone que le contradiga, pero esos momentos de los que usted habla, creo que fueron tres meses.
-¡Y eso qué importa! ¡Qué más dará un minuto más o un minuto menos!
La combinación del enfado con el humo del tabaco provocaron una pertinaz tos que congestionó el rostro del vejado autor.
-No le vendría mal seguir la moda y dejar de fumar, Sr. Padierna. Fíjese lo mal que le sienta.
-Oiga, Rosario, y digo yo ¿por qué no apea al tratamiento? Hace muchos años que nos conocemos y es que no hay forma de que me llame Raúl. ¡Con lo bonito que es mi nombre!
-Pues no sé. Supongo que son los efectos de una educación trasnochada.
-¡Venga mujer! Que mucho ha llovido en esta tierra para que usted no se decida a saltarse alguna que otra norma.

Rosario no estaba muy segura de tener la capacidad de olvidar tantos años de tratamiento, pero prometió que lo intentaría.

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viernes, 21 de mayo de 2010

Una realidad tangible (2)


El recién llegado echó
un ojo a un lado y luego el otro hacia el flanco contrario para espiar la posibilidad de que los periodistas, ansiosos de noticias, estuvieran allí, al acecho, para pedirle alguna que otra opinión. Ya estaba acostumbrado. Sin embargo, la situación escandalosa de la política del país los debía tener a todos reunidos en puntos estratégicos del gobierno de la nación, porque ni un meritorio de la agencia de noticias más rastrera se acercó a solicitarle ni siquiera la hora. Por una parte le agradó la ausencia de masas para recibirlo; pero, en su fuero interno, un no sé qué de orgullo herido iba arrastrándose por sus entretelas. En fin, resultaba evidente que el viejo asuntillo de la vanidad aún no había sido completamente vencido.

Un taxista parlanchín fue el encargado de llevarle a su casa. El trayecto desde el aeropuerto a ésta estuvo plagado de comentarios sobre el mal estado de la circulación, la nefasta incidencia de la sequía, la escandalosa subida de la gasolina, y un sin fin de temas al uso. El viajero se limitaba a asentir, ante el evidente disgusto del taxista a quien parecía contrariarle mucho el hecho de que los que se sentaban a su espalda no manifestaran deseos de formular argumentos que contradijeran los suyos. Pero es que Raúl Padierna venía cansado. Ocho horas de vuelo y tres meses de conferencias quitaban las ganas de discutir al más vindicativo de los seres del planeta.

Como siempre, la llave se resistía a abrir la cerradura. ¿Por qué le tenían que ocurrir estas cosas a él? Todo el mundo era perfectamente capaz de introducir el metálico instrumento en la rendijita dentada, obteniendo con tan sencillo movimiento la esperada apertura; todos, menos él. Como una constante más de su vida, la llave se negaba a girar suavemente, retardando su entrada en el apartamento, y negándole el goce que experimentaba al arrellanarse en su cómodo sillón de tela, frente a la luz de la ventana.

El famoso inconveniente de la discrepancia horaria tuvo efectos demoledores en su cansado estado y, a los pocos minutos de entrar en el edificio, dormitaba, apoyada su oreja derecha sobre el tejido suave de su querido sillón. Cuando despertara, la tortícolis le recordaría que no era bueno cabecear sin el apoyo de un mullido colchón, pero ahora sus sueños lo llevaban por rutas menos agotadoras que su reciente gira.

Raúl Padierna era de esos hombres que en su juventud habían creído que no tendrían tiempo para nada si no se daban prisa en actuar, y a la materialización de sus sueños dedicó los primeros años de su vida. Ahora que sobrepasaba en demasía los sesenta, las cosas no le parecían tan inmediatas, y se tomaba todo con una calma que hacía desesperar a quienes manejaban el aspecto mercantil de sus correrías. Después de dormir, repuesto ya de su anterior cansancio, decidió dedicar parte de su tiempo a disfrutar de alguna que otra hora de soledad. Pero, desgraciadamente para él, el sonido del teléfono parecía dispuesto a frustrar sus planes. Menos mal que los reflejos seguían funcionándole a las mil maravillas porque, cuando iba a ceder a su impulso y ya se inclinaba para hacerse con el auricular, giró en redondo y dejó que el contestador automático cumpliera con su deber. No le apetecía interrumpir el curso de sus pensamientos. Si alguien quería hablar con él, tendría que posponer su deseo el tiempo suficiente para que Raúl se hiciera con la dosis de soledad necesaria a su subsistencia.

Cumplido el trámite del sillón, se imponía estirar las piernas fuera del domicilio. Pasear por las calles de su barrio lograba equilibrar sus contradictorios instintos gregarios y anacoretas. Cada cierto tiempo se paraba a departir con el del kiosco de prensa, con la panadera de la esquina, o bien con diversos vecinos de los que no sabía nada en lo que a su vida privada se refería, pero que derrochaban sociabilidad a raudales. Era un hecho incontestable. Raúl Padierna había regresado al hogar.


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sábado, 15 de mayo de 2010

Una realidad tangible (1)


Raúl Padierna por fin pisaba tierra cristiana, como diría él, agotado de tanto ir y venir. La aventura americana había resultado excesiva para su longeva naturaleza. Todavía se preguntaba qué veían de interés en él, para que todas aquellas universidades y círculos culturales le invitaran a perorar durante un tiempo -establecido de antemano, eso sí-, sobre las más heterogéneas ideas; desde el enfrentamiento generacional, hasta las connotaciones de las ideologías políticas en la literatura, pasando por el mundo postmoderno y la elegancia de las mujeres orientales. Realmente resultaba ridículo que, simplemente por haber tenido suerte en el mundo editorial, así como en el teatro, sus opiniones fueran constantemente requeridas. Raúl Padierna estaba más que harto de tener que dar su opinión sobre cualquier tema que se presentara. El estatus de oráculo nunca había sido deseado por él, pero la vida, una vez más, le jugaba una de sus gracias, y ahí estaba el celebrado Padierna apechugando con la suerte que le había tocado en la ruleta del destino.

Durante su gira cultural había tenido ocasión de escuchar todas las variaciones que el idioma español podía ofrecer. Acentos suaves con ritmo de bolero, indolentes por efecto del calor, guturales, profundos, seseantes; parecía increíble que una misma lengua pudiera sufrir tantas y tan numerosas modificaciones. Y a todo esto, la Real Academia empeñada en dirigir los destinos del lenguaje. Claro que, en contrapartida, el pueblo llano no quería saber nada de sus indicaciones y mucho menos de tener que estar todos cortados por el mismo patrón, así que si la Real Academia no les tenía en cuenta a ellos, pues... peor para la Academia.

Todo hay que decirlo, el salto que diera Raúl Padierna a la zona anglófila de tan vasto continente le había ofrecido una nueva variedad de acentos españoles y, en su opinión, poca palabra inglesa. Diera la impresión de que la pureza de la raza sajona se encontrara en uno de sus estadios de mayor peligro y, a aquellas alturas del siglo XXI, no tener algún ancestro hispánico se veía como algo inusual. Para Raúl Padierna, defensor de los valores latinos, la derrota del Albión en sus secuelas americanas era algo digno de ser celebrado.

Desde luego que el paso del tiempo podía deparar cosas buenas y otras menos buenas, por no llamarlas simplemente malas. Por ejemplo, y en otro orden de cosas, ahí estaba el asunto de los aviones. Era indiscutible para el bueno de Padierna que lo de esos mecanismos alados ya no tenía la gracia de antes. En tiempos pasados, pero no tan lejanos como más de uno pudiera suponer, resultaba extremadamente placentero aquello de ir bajando suavemente las escalerillas que se adosaban a la puerta del aeroplano y, así, emular al tan preciado invento, aterrizando poco a poco, peldaño a peldaño, hasta lograr pisar la tierra deseada. Ahora, de todo eso no quedaba nada, y las famosas escalerillas que viajaban durante todo el día a lo largo del aeropuerto, habían sido reemplazadas por hoscos y aburridos túneles que alejaban al pasajero de cualquier contacto directo con la pista.

Una vez que el avión tomara tierra y que los pasajeros fueran debidamente desembarcados, Raúl Padierna debía enfrentarse al numerito de las maletas. Cuando se pudo hacer con las dos que llevaba, quedó gratamente sorprendido al comprobar que, por una vez, éstas llegaban con él al mismo aeropuerto. Sin duda se había vencido todo un desafío: que la organización funcionara con él, pues una de las constantes de sus numerosos viajes había sido la ineludible pérdida del equipaje. Para el itinerante Raúl, tales desapariciones suponían un misterio que todavía no había conseguido desentrañar. Cuando hablaba con otros asiduos clientes de compañías aéreas, ninguno de ellos admitía haber tenido la experiencia repetida que sufría él. ¿Se trataría, pues, de algo exclusivamente personal? Fuera como fuera, el hecho es que ya se había acostumbrado a las constantes desapariciones, y era algo sabido que, cada vez que debía embarcarse en un nuevo monstruo de las alturas, Raúl Padierna preparaba dos maletas con contenidos parejos en previsión de posibles percances.

(...)


viernes, 9 de abril de 2010

"The Noticer": un hermoso regalo

Soy una persona que, a la luz de múltiples experiencias vividas que confirman esta idea, no creo que existan las casualidades, sino que todo obedece a razones. Y en esta Semana Santa volvió a demostrarse una vez más este principio en mi vida. ¿En qué manera? En la forma de un bello regalo. Alguien me hizo llegar un libro que, sin duda alguna, necesitaba leer. El libro se titula "THE NOTICER", escrito por Andy Andrews, y me gustaría hablar aquí de él.

Curiosamente, al preguntarme quien me lo envió si lo aceptaba o lo rechazaba, una vez aceptado por mí y estando a la espera de su recepción, nos dimos una vuelta mi marido y yo por una librería (¡cómo no!), y allí vimos muchos ejemplares del mismo.

Al día siguiente o a los dos días, llegó el ansiado regalo. En la librería decidí no entretenerme con él; al fin y al cabo había aceptado que alguien me lo hiciera llegar y pensé que era mejor esperar al momento de su recepción.

Cuando llegó a casa, antes de leer la portada, la contraportada, las opiniones de todo el mundo y demás, decidí iniciar el primer capítulo y ver qué me sugería a mí. Y lo que me sugirió fue belleza llena de sabiduría. ¡Me gustó tanto el inicio del libro! Me fascinó la maestría del autor para aunar lo que podría denominarse como libro de autoayuda, con una extraordinaria forma de relatar conectada con la verdadera literatura. Tanto es así que le dije a mí marido si podía leer el inicio y decirme qué pensaba de él. Bueno, aunque me lo dijo luego con palabras, realmente fue muy explícito con su acción; empezó a leer.... y siguió leyendo... y siguió leyendo. ¿Hace falta alguna explicación más?

No sé realmente por qué el título del libro no ha sido traducido, aunque puedo imaginarlo (de hecho he visto por ahí alguna traducción que no le hace justicia al contenido real del libro). De cualquier manera, pienso que es un error, puesto que al ver este título uno piensa inmediatamente que está escrito en inglés y, por tanto, muchos puede que lo descarten si no han oído antes hablar de él. Es verdad que justo debajo del título, unas frases en español nos pueden alejar del error, pero para eso hay que ponerse a leerlas, y quien sencillamente echa un ojillo por encima de las mesas donde se exhiben las últimas novedades puede que no se detenga a tanto.

El título, "The Noticer", no alude a lo que un hablante de lengua española podría entender como una gran noticia en el periódico, etc., etc. Nada de eso; nos habla de algo mucho más profundo y difícil de explicar; de hecho, puede que sea ésta la razón de no haberlo traducido: la dificultad para encontrar una sola palabra adecuada en nuestro idioma. The Noticer alude a alguien que es capaz de percibir y desentrañar más cosas de las que en principio pueden verse; the noticer es el que "nota", el que "percibe" otras formas de entender las situaciones. Por ejemplo, podemos encontrarnos con alguien que se muestra muy distante y extraer de ello nosotros la conclusión de que se trata de una persona orgullosa y prepotente; sin embargo, aquel que es capaz de percibir más allá de lo aparente, puede darse cuenta del miedo que tiene esta persona a ser rechazada, a no responder a las expectativas, etc., y que es ese miedo el que le hace poner una barrera que puede ser muy malinterpretada por quienes se acerquen a él.

Y de eso trata The Noticer, de alguien que es capaz de percibir, de desentrañar varios puntos de vista aprendiendo de ellos y, por tanto, de modificar situaciones. En definitiva viene a contestar a esa máxima que nos dice que si nos encontramos siempre con los mismos problemas sin solución, puede que sea, entre otros factores, porque seguimos encarándolos de la misma manera en vez de verlos bajo otra perspectiva que nos permita modificar y solucionar.

El libro, en mi opinión, merece la pena. Es una lectura fácil y corta, pero que puede alargarse y profundizarse a la manera de otros libros en apariencia pequeños pero cuyas enseñanzas no paran de sorprendernos cada vez que los leemos, como son "El Principito", de Antoine de Saint- Exupèry, o bien "Juan Salvador Gaviota" de Richard Bach.

Si el lector, además de disfrutar, quiere ponerse a trabajar en los principios que plantea el libro, haría bien en ir a las últimas páginas en las que bajo el epígrafe "Guía de lectura de The Noticer", se trabaja cada capítulo con preguntas dirigidas a uno mismo con la intención de valorar nuestras acciones bajo una nueva perspectiva que nos permita cambios positivos en nuestra vida.

El libro ha sido editado en España por la Editorial Luciérnaga. Además,los que estéis interesados en este libro podréis encontrar una páginaweb llamada "The Noticer Project", en la que se plantea una especie de juego seguido por múltiples lectores, a fin de dilucidar quiénes han sido las cinco personas que más han influido en la vida de cada uno y rescatar de esos recuerdos múltiples enseñanzas. Añado un enlace más para aquellos que deseen seguir con el tema y que se relaciona con Facebook en español.


Gracias, Juan S., por tu regalo; me ha resultado de mucha utilidad.