viernes, 4 de junio de 2010

Una realidad tangible (4)


La taquillera del Candilejas llevaba allí casi tanto tiempo como los cimientos del teatro. Nunca había tenido otra ocupación que aquella, y su ambiente laboral se reducía a un pequeño cuchitril y un muchísimo más reducido cuadrilátero de vidrio que la ponía en contacto con el público. Cuando quería ampliar el escenario de su actuación, se introducía en el patio de butacas, y allí, en un rincón, se dejaba ensoñar por los mil y un problemas que actores, mejores y peores, se dedicaban a exhibir ante un público ávido de emociones.
-¿Y tú no te aburres de estar aquí todos los días, Rosario?
-Pues a veces sí, y a veces no. Pero es que no consigo vencer la costumbre de comer todos los días, y como no tengo ningún tío rico en América, pues ya ve, Sr. Padierna..., quiero decir, Raúl...
-¿Y nunca has pensado en cambiar de trabajo?
-Tanto como cambiar de trabajo no, pero sí en cambiar de situación. La idea que yo tenía es que alguno de esos actores guapísimos se fijaría en mí y me pondría piso; pero ya ves, yo creo que ni se han enterado de mi existencia, porque si no, es que no se comprende, ya que con mi planta...
Padierna admiraba el humor de aquella mujer ajada que sabía sonreír a la vida.
-Eso te pasa por pensar en actores guaperas. Tenías que haberte conformado con algún viejo director. Todavía estás a tiempo, mujer. Inténtalo. Te ofrezco la oportunidad de conquistarme.
Rosario no pudo contener una carcajada que lanzó sin ningún tipo de recato. Ni él ni ella sabían la verdad que podían encerrar las palabras antes dichas, pero la posibilidad de tomar una copa fuera del Candilejas no era una idea del todo mala. Los dos cogidos del brazo, como las parejas de las películas antiguas, salieron a respirar el aire de la noche madrileña.


Raúl Padierna había acudido muchas veces a lo largo de su vida al Candilejas, unas veces lo había hecho como simple espectador, mientras que en otras ocasiones se había establecido una intensa relación laboral. Y qué decir de Rosario Malpica. Ella también lo frecuentaba. En realidad lo de ella había sido una relación mucho más frecuente, aunque nadie podría asegurar si más intensa. Sin embargo, en el espacio que ocupaban aquellos años, ninguno de los dos había salido nunca a tomar una copa juntos. Por supuesto un encuentro semejante era del todo impensable. ¿A quién se le podría ocurrir que un autor de éxito pusiera sus ojos en una humilde taquillera? El efecto contrario, aunque fuera sólo en la imaginación, sí que se daba, la experiencia lo demostraba, pero una cosa era el deseo, y otra muy distinta que éste se hiciera real.

Los años, los desengaños y sabe Dios qué otras zarangainas habían obrado para que Raúl Padierna se insinuara. La verdad es que ni siquiera se había insinuado, lo único que había hecho era abrir un poquito más la puerta de su intimidad y lanzar algo así como un reto al que la coquetería que la señorita Malpica albergaba en un extremo oblicuo de su corazón no tardó en responder. A sus años, ya poco le importaban los convencionalismos; lo único que quería era disfrutar de algo, y había que admitir que, por mucho que rondara los setenta, el tal Padierna seguía teniendo una distinción que no conseguía aplacarse.

(...)


No hay comentarios: