sábado, 15 de mayo de 2010

Una realidad tangible (1)


Raúl Padierna por fin pisaba tierra cristiana, como diría él, agotado de tanto ir y venir. La aventura americana había resultado excesiva para su longeva naturaleza. Todavía se preguntaba qué veían de interés en él, para que todas aquellas universidades y círculos culturales le invitaran a perorar durante un tiempo -establecido de antemano, eso sí-, sobre las más heterogéneas ideas; desde el enfrentamiento generacional, hasta las connotaciones de las ideologías políticas en la literatura, pasando por el mundo postmoderno y la elegancia de las mujeres orientales. Realmente resultaba ridículo que, simplemente por haber tenido suerte en el mundo editorial, así como en el teatro, sus opiniones fueran constantemente requeridas. Raúl Padierna estaba más que harto de tener que dar su opinión sobre cualquier tema que se presentara. El estatus de oráculo nunca había sido deseado por él, pero la vida, una vez más, le jugaba una de sus gracias, y ahí estaba el celebrado Padierna apechugando con la suerte que le había tocado en la ruleta del destino.

Durante su gira cultural había tenido ocasión de escuchar todas las variaciones que el idioma español podía ofrecer. Acentos suaves con ritmo de bolero, indolentes por efecto del calor, guturales, profundos, seseantes; parecía increíble que una misma lengua pudiera sufrir tantas y tan numerosas modificaciones. Y a todo esto, la Real Academia empeñada en dirigir los destinos del lenguaje. Claro que, en contrapartida, el pueblo llano no quería saber nada de sus indicaciones y mucho menos de tener que estar todos cortados por el mismo patrón, así que si la Real Academia no les tenía en cuenta a ellos, pues... peor para la Academia.

Todo hay que decirlo, el salto que diera Raúl Padierna a la zona anglófila de tan vasto continente le había ofrecido una nueva variedad de acentos españoles y, en su opinión, poca palabra inglesa. Diera la impresión de que la pureza de la raza sajona se encontrara en uno de sus estadios de mayor peligro y, a aquellas alturas del siglo XXI, no tener algún ancestro hispánico se veía como algo inusual. Para Raúl Padierna, defensor de los valores latinos, la derrota del Albión en sus secuelas americanas era algo digno de ser celebrado.

Desde luego que el paso del tiempo podía deparar cosas buenas y otras menos buenas, por no llamarlas simplemente malas. Por ejemplo, y en otro orden de cosas, ahí estaba el asunto de los aviones. Era indiscutible para el bueno de Padierna que lo de esos mecanismos alados ya no tenía la gracia de antes. En tiempos pasados, pero no tan lejanos como más de uno pudiera suponer, resultaba extremadamente placentero aquello de ir bajando suavemente las escalerillas que se adosaban a la puerta del aeroplano y, así, emular al tan preciado invento, aterrizando poco a poco, peldaño a peldaño, hasta lograr pisar la tierra deseada. Ahora, de todo eso no quedaba nada, y las famosas escalerillas que viajaban durante todo el día a lo largo del aeropuerto, habían sido reemplazadas por hoscos y aburridos túneles que alejaban al pasajero de cualquier contacto directo con la pista.

Una vez que el avión tomara tierra y que los pasajeros fueran debidamente desembarcados, Raúl Padierna debía enfrentarse al numerito de las maletas. Cuando se pudo hacer con las dos que llevaba, quedó gratamente sorprendido al comprobar que, por una vez, éstas llegaban con él al mismo aeropuerto. Sin duda se había vencido todo un desafío: que la organización funcionara con él, pues una de las constantes de sus numerosos viajes había sido la ineludible pérdida del equipaje. Para el itinerante Raúl, tales desapariciones suponían un misterio que todavía no había conseguido desentrañar. Cuando hablaba con otros asiduos clientes de compañías aéreas, ninguno de ellos admitía haber tenido la experiencia repetida que sufría él. ¿Se trataría, pues, de algo exclusivamente personal? Fuera como fuera, el hecho es que ya se había acostumbrado a las constantes desapariciones, y era algo sabido que, cada vez que debía embarcarse en un nuevo monstruo de las alturas, Raúl Padierna preparaba dos maletas con contenidos parejos en previsión de posibles percances.

(...)


viernes, 9 de abril de 2010

"The Noticer": un hermoso regalo

Soy una persona que, a la luz de múltiples experiencias vividas que confirman esta idea, no creo que existan las casualidades, sino que todo obedece a razones. Y en esta Semana Santa volvió a demostrarse una vez más este principio en mi vida. ¿En qué manera? En la forma de un bello regalo. Alguien me hizo llegar un libro que, sin duda alguna, necesitaba leer. El libro se titula "THE NOTICER", escrito por Andy Andrews, y me gustaría hablar aquí de él.

Curiosamente, al preguntarme quien me lo envió si lo aceptaba o lo rechazaba, una vez aceptado por mí y estando a la espera de su recepción, nos dimos una vuelta mi marido y yo por una librería (¡cómo no!), y allí vimos muchos ejemplares del mismo.

Al día siguiente o a los dos días, llegó el ansiado regalo. En la librería decidí no entretenerme con él; al fin y al cabo había aceptado que alguien me lo hiciera llegar y pensé que era mejor esperar al momento de su recepción.

Cuando llegó a casa, antes de leer la portada, la contraportada, las opiniones de todo el mundo y demás, decidí iniciar el primer capítulo y ver qué me sugería a mí. Y lo que me sugirió fue belleza llena de sabiduría. ¡Me gustó tanto el inicio del libro! Me fascinó la maestría del autor para aunar lo que podría denominarse como libro de autoayuda, con una extraordinaria forma de relatar conectada con la verdadera literatura. Tanto es así que le dije a mí marido si podía leer el inicio y decirme qué pensaba de él. Bueno, aunque me lo dijo luego con palabras, realmente fue muy explícito con su acción; empezó a leer.... y siguió leyendo... y siguió leyendo. ¿Hace falta alguna explicación más?

No sé realmente por qué el título del libro no ha sido traducido, aunque puedo imaginarlo (de hecho he visto por ahí alguna traducción que no le hace justicia al contenido real del libro). De cualquier manera, pienso que es un error, puesto que al ver este título uno piensa inmediatamente que está escrito en inglés y, por tanto, muchos puede que lo descarten si no han oído antes hablar de él. Es verdad que justo debajo del título, unas frases en español nos pueden alejar del error, pero para eso hay que ponerse a leerlas, y quien sencillamente echa un ojillo por encima de las mesas donde se exhiben las últimas novedades puede que no se detenga a tanto.

El título, "The Noticer", no alude a lo que un hablante de lengua española podría entender como una gran noticia en el periódico, etc., etc. Nada de eso; nos habla de algo mucho más profundo y difícil de explicar; de hecho, puede que sea ésta la razón de no haberlo traducido: la dificultad para encontrar una sola palabra adecuada en nuestro idioma. The Noticer alude a alguien que es capaz de percibir y desentrañar más cosas de las que en principio pueden verse; the noticer es el que "nota", el que "percibe" otras formas de entender las situaciones. Por ejemplo, podemos encontrarnos con alguien que se muestra muy distante y extraer de ello nosotros la conclusión de que se trata de una persona orgullosa y prepotente; sin embargo, aquel que es capaz de percibir más allá de lo aparente, puede darse cuenta del miedo que tiene esta persona a ser rechazada, a no responder a las expectativas, etc., y que es ese miedo el que le hace poner una barrera que puede ser muy malinterpretada por quienes se acerquen a él.

Y de eso trata The Noticer, de alguien que es capaz de percibir, de desentrañar varios puntos de vista aprendiendo de ellos y, por tanto, de modificar situaciones. En definitiva viene a contestar a esa máxima que nos dice que si nos encontramos siempre con los mismos problemas sin solución, puede que sea, entre otros factores, porque seguimos encarándolos de la misma manera en vez de verlos bajo otra perspectiva que nos permita modificar y solucionar.

El libro, en mi opinión, merece la pena. Es una lectura fácil y corta, pero que puede alargarse y profundizarse a la manera de otros libros en apariencia pequeños pero cuyas enseñanzas no paran de sorprendernos cada vez que los leemos, como son "El Principito", de Antoine de Saint- Exupèry, o bien "Juan Salvador Gaviota" de Richard Bach.

Si el lector, además de disfrutar, quiere ponerse a trabajar en los principios que plantea el libro, haría bien en ir a las últimas páginas en las que bajo el epígrafe "Guía de lectura de The Noticer", se trabaja cada capítulo con preguntas dirigidas a uno mismo con la intención de valorar nuestras acciones bajo una nueva perspectiva que nos permita cambios positivos en nuestra vida.

El libro ha sido editado en España por la Editorial Luciérnaga. Además,los que estéis interesados en este libro podréis encontrar una páginaweb llamada "The Noticer Project", en la que se plantea una especie de juego seguido por múltiples lectores, a fin de dilucidar quiénes han sido las cinco personas que más han influido en la vida de cada uno y rescatar de esos recuerdos múltiples enseñanzas. Añado un enlace más para aquellos que deseen seguir con el tema y que se relaciona con Facebook en español.


Gracias, Juan S., por tu regalo; me ha resultado de mucha utilidad.

martes, 15 de diciembre de 2009

Quiénes somos los seres humanos - 1


“Muy pocos niños de la edad de nuestro salvaje se encuentran tan desprovistos de conocimientos; y puede decirse que en todo lo que no se relaciona con su vida y su bienestar, se halla en la más profunda estupidez. Si no fuera por su figura humana, ¿qué lo distinguiría del simio? Los apetitos naturales ocupan toda su existencia. Es realmente un puro animal limitado a las simples sensaciones físicas; no posee nada más allí; ¡qué inmensas barreras le separan de nosotros, qué camino le queda todavía por recorrer!” Estas palabras que Virey1 añade al informe de Bonnaterre sobre Víctor del Aveyron ponen el dedo en la llaga de un gran debate que ha sostenido la humanidad a través de los siglos y que, de alguna manera, aunque mucho más adormecida, todavía sostiene. ¿Qué es el ser humano? ¿Cuáles son las características que lo diferencian de las demás especies?

En mi época de estudiante se nos decía que el ser humano era un animal racional, mientras que el resto no eran más que animales irracionales. Es decir, se hacía total hincapié en la importancia del uso de la razón. Más adelante veremos un poco más en profundidad este asunto de la razón y de cómo es utilizada por los niños salvajes, pero ahora sigamos avanzando en las supuestas diferencias de nuestra especie con respecto del resto de seres vivos de nuestro planeta.

No sólo en la razón parecen observarse diferencias sino también en un rasgo físico que nos llena de orgullo: los seres humanos somos bípedos y caminamos erectos. No estaría yo tan segura de que este rasgo nos diferenciara tanto. Al fin y al cabo ahí están las avestruces, sin ir más lejos, que son bípedas, aunque no parece que caminen totalmente erectas, eso sí. Pero tampoco pretendo competir con quienes han dedicado su vida a este estudio y han decidido establecer criterios diferenciadores; lo único que deseo es hacer ver que a veces nos sometemos a tantas divisiones y subdivisiones, y a tanta y tanta terminología, que nos encerramos excesivamente en unos estrechos puntos de vista que no nos permiten avanzar en el verdadero conocimiento.

La posición erecta se considera la natural en el ser humano, pero no podemos olvidar la dificultad que entraña lograr la marcha sobre ambas piernas. Si observamos el aprendizaje de nuestros niños cuando intentan dar sus primeros pasos, comprobaremos la enorme dificultad que entraña esta tarea. En los niños salvajes, criados fuera de un entorno humano, no resulta descabellado pensar que su posición obedezca a la imitación con respecto a los animales con los que puedan convivir o bien a ese primer instinto en todo niño que le lleva a gatear y no a ponerse de pie. Sánchez Ferlosio, en los comentarios a los informes de Itard2, cuenta que Kamala, criada entre lobos, tardó al menos tres años en aprender a caminar sobre sus dos piernas, y que además nunca lo hizo del todo bien.

Pero no sólo nos hace singulares esta forma de caminar, al menos entre los primates, sino que además el ser humano posee un misterioso instrumento que se considera absolutamente propio: el lenguaje articulado. Claro que esta característica tampoco sería definitoria pues actualmente se están haciendo enormes progresos en el lenguaje de los simios. A esto puede oponerse el que estos simios “aprenden” el lenguaje pero que no lo crean; sin embargo, también podría decirse que lo que aprenden es “nuestro lenguaje” y no el suyo propio. Como curiosidad, no estaría de más mencionar los misteriosos cantos de las ballenas que, de acuerdo con los estudios realizados hasta ahora, cambian de tiempo en tiempo viniendo a significar cosas distintas. ¿Podemos seguir asegurando que el lenguaje sea totalmente humano? El inglés, el francés, el español, sí lo son; pero ¿son estos los únicos lenguajes?

Y así, cada cierto tiempo aparecen unos seres a los que llamamos “salvajes” que hacen temblar los cimientos en los que basamos nuestra esencia. Muchos de ellos parecen no razonar, algunos caminan a cuatro patas y para colmo no hablan. ¿Son por eso inhumanos? El que no razonasen de acuerdo con nuestra cultura no quiere decir que no lo hicieran. Que hubieran aprendido a caminar a cuatro patas, tampoco demuestra mucho; al fin y al cabo ya hemos visto que a nuestros pequeños hay que forzarles para que se pongan sobre sus dos piernas, cosa que hacen con mucha inseguridad, no lo olvidemos. Y por último, el asunto del lenguaje; si nunca habían oído hablar a nadie y si no tenían a nadie que compartiera un mismo sistema de comunicación, ¿cómo podían desarrollar esta facultad?

El hombre siente la necesidad de encontrar respuestas a unas preguntas fundamentales: quién soy, de dónde vengo y adónde voy. A partir de ahí busca su lugar en el universo y, creo que desgraciadamente, lo hace de manera jerárquica; es decir, asignando una mayor preeminencia a unos seres sobre los otros. Y ya que es él quien escribe su propia historia, decide situarse en el más alto escalón de toda esa jerarquía. Pero ¿es necesaria la búsqueda de ese lugar? A lo mejor ése es el gran pecado de la humanidad: la vanidad. ¿Por qué tiene que importarnos tanto ser más o menos? Lo realmente importante es ser, y con la mayor dignidad posible.


1 Los textos de Virey pertenecen al libro de Harlan Lane, El niño salvaje del Aveyron, publicados por Alianza Editorial en 1984.

2 Itard, Jean: Víctor de l’Aveyron, con comentarios de Rafael Sánchez Ferlosio. Alianza Editorial, Madrid, 1982.




lunes, 7 de diciembre de 2009

¡¡¡Gracias, Gata Coqueta!!!


Mi querida amiga,
GATA COQUETA, desde su blog "La Gata Coqueta", me ha hecho un precioso regalo lleno de todo su afecto. Se trata de la publicación en su blog de un art,ículo sobre un libro escrito por mí hace tiempo y que le había regalado para que lo leyera en algún momento si le apetecía. Y no sólo lo leyó, sino que le gustó, así me lo hizo saber, y además decidió hablar del mismo en su blog. ¡¡¡Gracias, linda amiga!!!

El título del artículo ya es para agradecerlo; si pincháis en él podréis acceder al mismo: "Un libro en blanco es de necios, cubierto de letras de sabios. La Gata Coqueta".




lunes, 30 de noviembre de 2009

Tres Casos en Particular: 3 - Genie

Genie

Aunque su nombre verdadero no es Genie, es así como podemos conocerla, salvaguardando así tanto su propia intimidad como la de sus familiares. La historia que nos ocupa se remonta al año 1970 cuando el caso de Genie salió a la luz pública. Cualquiera diría que se trataba de un guión de cine, pero desgraciadamente no era así sino que constituía un hecho real. Genie, una niña entonces de 13 años, había sido confinada en una habitación durante casi toda su vida. Este descubrimiento se hizo en Los Ángeles (Estados Unidos) y si fue posible hacerlo, la causa tenemos que encontrarla nuevamente en la violencia. Parece que tras una violenta discusión con su marido, la madre de Genie, una mujer con graves problemas visuales, tuvo que solicitar la ayuda de asistentes sociales. Y así se descubrió todo. Podemos imaginar la sorpresa de quienes atendieron a esta muchachita que a sus trece años aún usaba pañales, andaba con extraordinaria dificultad y no sabía hablar.

Si la historia hasta aquí no fuera lo suficientemente espeluznante, a medida que se hicieron más averiguaciones el horror alcanzó mayor importancia. La niña había sido mantenida en completo aislamiento en una habitación, sentada en una silla que hacía las veces de orinal y sin recibir ni calor humano ni lenguaje que acompañara su soledad; según relató ella misma mucho más adelante, tenía que estar en completo silencio pues al menor ruido su padre la pegaba sin contemplaciones.


Las causas que la habrían llevado a tal confinamiento no están claras. El padre, antes de responder a la justicia, decidió quitarse él mismo la vida y dejar una nota diciendo que el mundo no comprendería. Y es verdad, el mundo no puede comprender cómo se pueden llegar a tales extremos.

Algunos piensan que la niña era retrasada de nacimiento y que por ese motivo se la mantuvo alejada de la sociedad (como si eso pudiera constituir una justificación); sin embargo, también se especula con la posibilidad de que Genie no fuera bien recibida por su padre que deseaba monopolizar a la esposa. Para venir a añadir más dudas sobre el asunto, según algunas informaciones se dice que existieron dos hermanitos anteriores a Genie que murieron prematuramente, y que un tercero vivió con su abuela por un tiempo hasta que ésta murió y hubo de regresar con sus padres naturales. Genie, la cuarta hija, tuvo que soportar la dura prueba del aislamiento. Puede que la verdad se encuentre en el proceso judicial que se siguió, o puede que no, pues tengo que admitir que no he tenido acceso a esas fuentes. De cualquier manera, sean cuales sean las causas, lo cierto es que nos encontramos en pleno siglo XX, con una niña que reúne todas las características de los llamados “niños salvajes”.

A partir del momento de su descubrimiento, todo el mundo estaba ávido de conocer cuáles eran las capacidades de la niña y si ésta podría ser o no recuperable para la sociedad. Aun con el conocimiento de los supuestos errores cometidos por quienes nos habían precedido en este tipo de situaciones, da mucha pena decir que volvieron a cometerse exactamente los mismos. Como dice el refrán, el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Yo no sé si es el único, pero lo que sí está claro es que tropieza no dos, sino múltiples veces, y lo que sucedió con Genie tras la larga serie de descubrimientos de niños salvajes es un dramático recordatorio de este refrán.

Psicólogos, psiquiatras, lingüistas, educadores, todo el mundo apareció a la ayuda de la niña. ¿Ayuda he dicho? Ojalá fuera así, pero, aunque no voy a entrar en consideraciones sobre los motivos que cada uno tenía (pues eso nadie, ni los mismos protagonistas muy probablemente, puede conocerlos con seguridad), lo que parece muy claro es que no se ofreció una ayuda del todo conveniente. Sí, por supuesto que muchas personas tuvieron buenas intenciones (no creo que todas, pero sí algunas); pero las buenas intenciones no son suficientes. Quizá había demasiadas personas encargadas de decidir cuáles serían los pasos a dar y eso hizo que todo adquiriera más los tintes de un concurso a ganar que de una realidad humana que superar.

Genie fue pasando de mano en mano. Hasta estuvo adoptada por un matrimonio compuesto por uno de los psicólogos que la trataba y por su mujer, especializada en el desarrollo humano. Pero para la administración (vamos a llamar así a cualquier institución que se hace cargo del programa o proyecto, pues eso es lo que era Genie para ellos, un “proyecto”) no estaba satisfecha con los resultados obtenidos ni con la forma de presentarlos. Nadie quería a un Víctor del Aveyron, sino que se estaba a la búsqueda de una nueva Helen Keller. Genie se convirtió en una presa por la que todos se debatían pero probablemente por no demasiado loables motivos.

Si las cosas ya no iban lo suficientemente mal, otro asunto vino a complicarlas aún más. La madre de Genie, declarada inocente de abusos cometidos contra su hija, reclamó la custodia de la ya entonces jovencita. Quien no había sido capaz de cuidarla cuando más lo necesitaba, podía hacerlo ahora en opinión de los tribunales. Genie pasó a vivir, por espacio muy breve, con su madre; pero claro, convivir con una joven de sus características no podía ser tarea fácil, así que nuevamente pasó por otros “hogares” hasta el que ocupa en la actualidad, una casa para adultos que no pueden valerse por sí mismos.


Los abogados de la madre (no sé si para conseguir notoriedad o por creer realmente que defendían algo justo) iniciaron un proceso contra las instituciones científicas, alegando que habían valorado más los estudios científicos que el bienestar de la niña y reclamando las compensaciones oportunas. Ante esta petición de compensaciones econímicas, uno tiene que plantearse otra vez si más que le interés de la joven, no se valoraría en exceso el puro y duro asunto económico; da la impresión de que todo el mundo quería obtener algo: prestigio, renombre, dinero... ¿Y Genie? ¿Qué pasaba con ella, con sus propios intereses?

El dinero para su readaptación cesó y todos aquellos logros que la “niña salvaje” había ido consiguiendo con mucho esfuerzo fueron desapareciendo sin piedad, lo que lleva a pensar que las compensaciones pretendidas no se lograron porque probablemente ni siquiera estaban en el punto de mira.

Recuerdo una película titulada Charly, basada en la novela de Daniel Keyes, "Flores para Algernon", en la que se cuenta una historia que nos puede servir para valorar ésta de Genie. Charly, un deficiente mental, con la ayuda de un tratamiento recientemente descubierto puede salir de ese estado y desarrollar toda su inteligencia. Se trataba de un experimento con muy buenas perspectivas; pero -siempre hay un pero- los efectos del tratamiento no eran duraderos y así, poco a poco, Charly se retrotrae a su origen. Lo dramático es que en un principio lo va haciendo de manera consciente. ¿Alguien puede no darse cuenta de los parecidos entre estas dos historias?

* * * *

A diferencia de Tarzán o de Mowgli, seres extraordinarios que fomentan nuestro sentido del romanticismo, a estos niños nuestra civilización sólo les tiene reservado un segundo abandono si no demuestran que son superdotados según los propios esquemas dictados por nuestra sociedad. Disfrutamos mucho más con unos personajes de leyenda que conviviendo con los seres limitados de la realidad. Creo que es hora de que todas esas personas abandonadas reciban al menos nuestro mayor respeto y reconocimiento. Respeto por quienes son; reconocimiento por la ayuda que nos han prestado pues, gracias a mostrarse de una manera tan genuina, se ha podido reconsiderar la educación de sordomudos, deficientes o autistas. Los errores cometidos con ellos han abierto muchos caminos a nuevas enseñanzas. Ya es hora de que no sólo agradezcamos el esfuerzo de quienes con sus observaciones ampliaron las posibilidades de progreso humano a quienes las tenían limitadas, sino que volvamos nuestros ojos también a quienes se sometieron a tales observaciones.


lunes, 16 de noviembre de 2009

Tres Casos en Particular: 2 - Helen Keller


Helen Keller


La historia de Helen Keller se hizo muy popular en nuestro país tras el estreno de la película que relata su vida y a la que en España se le dio el título de
El milagro de Anne Sullivan. Son muchos los factores que diferencian su caso de otros tratados en este libro, y uno muy importante, casi me atrevería decir que el principal, es que, a pesar de su aislamiento sensorial nunca estuvo abandonada por la sociedad; así ella misma cuenta, por ejemplo, cómo de niña se le enseñaban a realizar diferentes tareas domésticas como podía ser la de doblar la ropa, etc., y que participaba del cariño y de los juegos con los componentes de su familia y amigos. Por tanto, si bien su mundo tenía que ser muy peculiar, no sufrió esa separación que venimos observando en los demás casos.

Helen Keller nació en los Estados Unidos, concretamente en Alabama, el 27 de junio de 1880, pero casi dos años más tarde una enfermedad que hizo peligrar su vida le dejó importantísimas secuelas; paulatinamente fue perdiendo la vista y el oído (se supone que cuando contaba unos 5 años es cuando entró por completo en ese estado que le dio notoriedad). En los libros que escribió relatando sus vivencias cuenta cómo podía recordar tenuemente algunas imágenes. También alguna que otra media palabra quedó en su oído y su laringe, pero poco a poco el olvido hizo mella hasta que pudieron ser recuperadas con la ayuda de su profesora, Anne Sullivan.

En Helen el anhelo de comunicación era tan intenso que, a pesar de todas las limitaciones que tenía, nunca dejó de buscar todo tipo de medios que la ayudaran a expresarse; en ello sin duda tiene una importancia decisiva su integración en un medio social afectivo. Ya vemos que, en la mayoría de los casos tratados, es precisamente el afecto lo que más se resiente, y esto nos llevaría a una conclusión: el hombre no sólo es animal social por naturaleza, sino que esta naturaleza tiene que basarse en un amor compartido para que pueda desarrollarse hasta el máximo de sus posibilidades).

Tras los devastadores efectos de su enfermedad, podemos imaginar que una familia amorosa como la suya hizo lo posible por buscar una solución y, después de multitud de palabras que no ofrecían esperanza de recuperación para Helen, cayó en manos de su madre la lectura de un libro escrito por Charles Dickens, American Notes, en el que el escritor británico contaba los progresos de Laura Bridgman, una niña ciega y sorda como Hellen. Siguiendo esta pista, los Keller solicitaron una entrevista con Alexander Graham Bell, a quien hoy conocemos más por ser el inventor del teléfono y bastante menos por su contribución a la enseñanza de los sordos (su propia mujer era sorda). Aquel encuentro iba a resultar muy provechoso para la pequeña Helen pues fue Bell quien dirigió a sus padres hacia el director de la Institución Perkins, Michael Anagnos, quien a su vez envió a Anne Mansfield Sullivan a la residencia de los Keller para ser la profesora de la niña. Todo esto sucedía en 1807, y a partir de entonces la vida de Helen Keller cambió para siempre.

Además de todas las dificultades con las que se encontró Anne Sullivan, también hay que decir que halló una importante ayuda en ese deseo insaciable por comunicarse y por aprender que tenía la pequeña; un deseo que, a medida que pudo ir rasgando los velos que la tenían confinada en un mundo de silencio y de oscuridad, crecía más y más y a un mayor ritmo.

Con Helen se emplearon múltiples técnicas de comunicación, desde el uso de un sistema dactilográfico, hasta la lectura táctil de los labios, pasando por el braille; todo fue utilizado en su provecho, nada se descartó. En 1890 Mary Swift Lamson intentó incluso enseñar a hablar a Helen ante el gran deseo que manifestaba ella, pero esta aventura no parece que tuviera el éxito deseado. Parece ser que toda su vida Helen tuvo considerables problemas para hacerse entender con el don de la palabra hablada, así que tenía que valerse de traductores para dar las múltiples conferencias que la llevaron a lo largo de diferentes geografías.

Podemos conocer lo que pensaba antes de poseer un idioma que le abriera las ventanas al mundo, así como su evolución posterior, de propia mano por su autobiografía The Story of My Life ("La historia de mi vida"), o por lo que entresacamos de otros de sus libros como por ejemplo The World I Live In (El mundo en el que vivo) Si tenemos en cuenta que en demasiadas ocasiones se ha considerado a los niños salvajes como algo menos que humanos, ya que se suponía que seres sin lenguaje no podían utilizar el pensamiento, las informaciones que aporta Helen Keller en sentido contrario son altamente valiosas.


Sin embargo los grandes logros de Helen fueron empañados a raíz de un malentendido. Como hemos dicho, Helen parecía incansable a la hora de progresar en todo lo que le permitiera comunicarse y así un día escribió un relato al que tituló
The Frost King. Una vez publicado, fue acusada de plagio. Desgraciadamente así somos los humanos, parece que en lo único que estamos dispuestos a fijarnos es en los errores mucho más que en los éxitos y así a punto estuvo de desplomarse la carrera ascendente de Helen Keller. Tras las indagaciones realizadas, se consideró que era muy probable que en sus primeros años de instrucción Helen hubiera leído esa historia y que ésta hubiera quedado en algún lugar de su memoria hasta que un día resurgió y la creyó propia. Hubo muchos que vieron en esto mala intención por su parte, en vez de pararse a considerar como normal el que ni siquiera ella hubiera sido consciente de la aparente copia.

Debió de ser un acontecimiento muy triste para ella y que incluso pudo haberle infundido temor (no olvidemos que pertenecía a un mundo propio y que quienes la acusaban estaban en otro mundo que contaba con armas muy distintas a las que ella podía utilizar; el cruel aislamiento otra vez). Puede decirse que perdió seguridad en su propia mente; por ejemplo, cuando nos relata en la historia de su vida los recuerdos de cómo veía antes de la enfermedad se pregunta si será verdad que lo recuerda o si más bien serán ensoñaciones basadas en lo aprendido mucho más tarde.


viernes, 30 de octubre de 2009

Tres Casos en Particular: 1 - Victor del Aveyron

Tres casos en particular



Me gustaría tratar de manera separada los tres casos que conformaron hasta el día de hoy mi interés por los “niños salvajes”. Los trataré cronológicamente; así, el primero será Víctor, seguiré con Helen Keller y por último mencionaré el caso de Genie. Más adelante analizaré distintos aspectos que han merecido importantes consideraciones a la hora de observar la conducta de estos niños.


Víctor del Aveyron


En los primeros días del año 1800, una Francia recién salida de un periodo de terror como el que supuso su revolución, se asombraba ante las noticias de un sorprendente descubrimiento: un niño en estado salvaje había sido capturado en los bosques del Aveyron. A primera vista parecía que el muchacho desconocía lo que era la vida en sociedad. Según Jean Marc Garspard Itard, el niño había sido visto cinco años antes, pero en realidad la noticia que nos ha llegado de su primer avistamiento es de 1797 en Lacaune.

Por lo que sabemos, este primer encuentro con los humanos no debió de ser muy agradable para él, pues a su captura (situación traumática sin duda) le siguió una exhibición en la plaza pública que tampoco debió de resultarle muy gozosa. Por supuesto el niño escapó, pero volvió a ser capturado al año siguiente y entonces una nueva huida tuvo lugar. Por fin, en 1800, cuando el chaval debía contar con unos doce años volvió a ser llevado a la civilización para ser mantenido ya para siempre en ella; eso si exceptuamos pequeñas escapadas (o no tan pequeñas, una duró al menos quince días) o alguna que otra pérdida que le ocasionó no pocos disgustos.

El muchacho caminaba torpemente, no hablaba; en fin, según nos cuentan, se comportaba casi como un animal. Curiosamente, había aprendido a asar patatas; si por asar entendemos echarlas a la lumbre y recogerlas casi al instante sin miedo a abrasarse. Probablemente esta técnica la habría aprendido en alguno de sus cautiverios anteriores.

Un abad llamado Pierre-Joseph Bonnaterre, profesor de Historia Natural en la Escuela Central del departamento del Aveyron, hizo el primer informe que conocemos sobre él, y parece haberse tomado mucho interés en que fuera lo más preciso posible. Incluso, a pesar de las reclamaciones oficiales para que el niño fuera conducido a París, Bonnaterre se las ingenió para diferirlas lo máximo posible y así poder establecer un diagnóstico cierto. Por fin, Luciene Bonaparte exigió su traslado a la capital y así hubo de efectuarse.

En aquel tiempo, un médico llamado Philippe Pinel había revolucionado el tratamiento de quienes tenían la desgracia de acabar en un manicomio. Pinel es considerado hoy en día como el fundador de la psicoterapia en Francia, antes llamada “medicina moral”. En contra de los usos llevados hasta aquel momento, Pinel quitó las cadenas a los alienados que atendía en el asilo de Bicêtre; además, clasificó las diferentes enfermedades mentales y valoró el origen que éstas podían tener. Sin embargo, un hombre tan capacitado emitió un informe de una dureza extraordinaria sobre el que empezaba a ser conocido como el “salvaje del Aveyron”.

Desgraciadamente la perspicacia de Pinel pareció quedar nublada por sus prejuicios. Por aquella época existían dos posturas encontradas; una, sustentada por Rousseau, defendía la existencia de unas características innatas en el hombre que le permitían desarrollarse de la mejor manera posible precisamente al estar alejado de la sociedad, esa sociedad considerada por muchos como madre de todos los males pero que, a lo largo de los tiempos, parece haber demostrado tener también sus cosas buenas, no lo neguemos. Para Rousseau, este hombre perfecto en su inocencia era “el noble salvaje”. Pero por supuesto existían también los que opinaban precisamente lo contrario. Y en medio de este debate surge de los bosques la figura del “salvaje del Aveyron”. Cuando Pinel vio la deplorable condición del niño concluyó precipitadamente que era un “idiota sin remedio” (Hay que recordar que este término no se utilizaba con intenciones ofensivas sino clínicas).

Para la emisión de este diagnóstico se basó en las comparaciones de este niño procedente de un medio totalmente desconocido con la conducta manifestada por sus pacientes deficientes mentales. Desgraciadamente, Pinel no tuvo en cuenta la ausencia de referencias comunes que necesariamente tenían que inhibir al niño de dar determinadas respuestas consideradas normales en una sociedad que lleva muchos siglos formándose y de cuyas normas sus miembros tienen un conocimiento bastante claro aunque éste les sirva en muchos casos para transgredirlas.

El hombre que concedió tanta importancia al origen de las enfermedades, no supo ver ese origen en un niño que no había contado con ningún contacto humano, o que, cuando lo había hecho, no siempre había sido realizado en las mejores circunstancias. Al leer el informe de Pinel, no puedo dejar de detectar una cierta antipatía, o al menos dureza, en lo que se relaciona con quien vendría a llamarse Víctor. No veo allí apenas un ápice de compasión.

Sin embargo, no todo el mundo podía estar de acuerdo con tan duro diagnóstico, y así un hombre que ejercía como médico en la Institución de Sordomudos de París consideró que el salvaje podía ser educado y que merecía la pena dedicarle un esfuerzo antes de simplemente considerarlo un deficiente mental sin más. Este hombre fue Jean Marc Gaspard Itard. Y de esta manera se inició un proceso de recuperación del niño del Aveyron que sigue sorprendiendo en nuestros días.

La señora Guérin fue encargada por la administración del cuidado del niño y Jean Marc Itard se dedicó a su educación así como a realizar las observaciones y los estudios que pudieran aumentar el saber científico de los progresos humanos.

Aunque son muchos los que valoran los trabajos de Itard, no es menos cierto que también cuenta con detractores; entre ellos, aquellos que lo consideran un mero oportunista que buscó un hecho singular para conseguir relevancia en su profesión. Yo no estoy tan de acuerdo con esa valoración. Es verdad que Itard, tras cinco años dedicados al entrenamiento del niño y no obteniéndose los éxitos esperados, abandonó esta labor; pero no podemos juzgar una situación de la que desconocemos los pormenores. Itard intentó que el niño no fuera abandonado (luego lo veremos con más detalle), pero no lo consiguió.

Lo verdaderamente triste de esta historia es que aparentemente se “rescató” a un niño de una vida salvaje para intentar conseguir de él la figura del “superhombre” (o del “noble salvaje”, si nos atenemos a la terminología de Rousseau) que todo lo puede y todo lo sabe. Desgraciadamente, en su desarrollo sólo se tuvieron en cuenta los fracasos; por el contrario, los logros fueron (y aún lo son) considerados como hechos normales que el niño tenía que conseguir; al fin y al cabo, se estaba pagando un dinero para que se rehabilitara, lo menos que podía era realizar su trabajo cumplidamente.

La novedad fue pasando de moda y ya nadie quería luchar con la monotonía de un ser que no parecía fuera a mostrar nada espectacular al mundo. Víctor vivió su vida al lado de la señora Guérin, una mujer a la que la posteridad no creo que le haya dado todavía el puesto que le corresponde, y a la edad aproximada de 40 años murió aparentemente en el olvido de aquellos que habían puesto demasiadas expectativas en su educación.

Una de las grandes preguntas que permanecen sin respuesta es por qué Víctor vivió solo en los bosques como un salvaje. En el examen médico que se le practicó se mencionan las múltiples cicatrices que tenía en todo su cuerpo; algo nada raro teniendo en cuenta la vida que tuvo que llevar y su lucha por su subsistencia en un paraje inhóspito. Pero existía una cicatriz que destacaba sobre las demás y que incluso puede verse claramente en el grabado que se le hizo. Se trataba de una cicatriz profunda en el cuello cuyo origen tenía que provenir de un objeto cortante. El estudio de esa cicatriz hizo pensar que aquella criatura había sido amenazada de muerte, pero ¿por quién y por qué? Dadas las limitaciones que fueron observándose en el muchacho, algunos pensaron que se trataba de un niño retrasado de quien su propia familia quiso desprenderse y que decidió abandonarlo en el bosque a una muerte segura tras haberlo intentado degollar, y muy probablemente, dándolo ya por muerto.

No sabemos por qué Víctor sufrió tan malos tratos, pero no podemos olvidar un hecho que parece pasarse demasiado por alto. En el periodo que va desde 1789 a 1799, Francia vivió uno de los momentos más violentos de toda su historia. Por la edad que Víctor tenía cuando fue llevado a París (doce o trece años en 1800), queda muy claro que su nacimiento y desarrollo tuvo lugar precisamente en los años más duros de la Revolución Francesa. Las barbaridades que se cometieron en aquel espacio y en aquel tiempo superan la imaginación de cualquiera de nosotros, así que ¿no podría ser Víctor una víctima de aquella circunstancia histórica? Yo creo que es algo que bien merece ser valorado como una posibilidad.